|
VOL
26 - Nº3
La
profesión de la medicina
El ejercicio
de la profesión médica en nuestros
días poco tiene que ver con el de hace
unas décadas. El conjunto de factores (1)
que Jovell denomina "transiciones sanitarias"
(2), han modificado radicalmente las condiciones
que enmarcan el ejercicio profesional, el cual
se ve sometido a tensiones de todo tipo y acechado
por diversos frentes, en un contexto social caracterizado
por el cambio constante.
Los distintos análisis de la sociedad de
contemporánea han hecho énfasis
en muy diversos aspectos de la misma. De entre
ellos, los cinco que me interesan aquí
son los que la han conceptualizado como: sociedad
del riesgo (3), sociedad de la modernidad fluida
(4), sociedad de individuos (5), sociedad de la
información (6) y sociedad burocrática
(7).
El primero de ellos porqué se relaciona
estrechamente, por un lado, con los riesgos que
la actuación del profesional especializado
genera y, por otro, con la necesidad de ofrecer
una guía de protección al individuo
angustiado. El segundo porqué tiene que
ver con la creciente movilidad e inestabilidad
de las condiciones sociales, que se traduce en
la imperiosa necesidad de proporcionar anclajes
de referencia al individuo desorientado. El tercero
porqué plantea al profesional la realidad
de un auge del individualismo, con una progresiva
profundización en la igualdad social y
una negación de la autoridad y de los privilegios
elitistas. El cuarto porqué pone en disponibilidad
la información especializada para todos
aquellos que la busquen, con la consecuencia inevitable
de la pérdida de su carácter esotérico
que confería al profesional un elemento
de distanciamiento y poder sobre la población.
Y el último porqué acentúa
el carácter burocrático de las organizaciones
en las que el médico trabaja mayoritariamente
en nuestros días.
Es en este contexto que se plantea la cuestión
del profesionalismo en nuestros días, con
un debate acerca de su progresiva desaparición
y obsolescencia o, por el contrario, de su vigencia
y, más aún, su auge y extensión.
Simultáneamente, asistimos a una evidente
paradoja: mientras que, por un lado, la literatura
sociológica especializada (8-11) proclama
un auge indiscutible del profesionalismo, el mundo
profesional médico está viviendo
un sentimiento de frustración, desencanto
y pérdida de estatus acelerados, que ha
hecho florecer una profusa literatura acerca del
tema de la insatisfacción de los médicos
(12-18). Y esta sensación, que entronca
con el constructo sociológico de la desilusión
como precio del progreso y de la simplicidad perdida
(19), no solo es intensa y omnipresente sino que,
además, se ha ido acrecentando en los últimos
años (20-22), conformando un panorama altamente
preocupante para la profesión en conjunto
que, en algunos momentos y círculos, experimenta
un sentimiento de ocaso inevitable.
¿Cómo explicar esta paradoja?¿Puede
la medicina seguir siendo el prototipo de profesión
dominante que ha sido en los últimos siglos?
PROFESIÓN:
CONCEPTOS GENERALES
Para intentar una aproximación al tema
es indispensable comprender de qué estamos
hablando cuando nos referimos a una profesión.
Desde sus primeras formulaciones sistematizadas
(23,24) hasta las aportaciones más recientes
(25), el concepto de profesión no ha dejado
de suscitar controversias entre las diferentes
escuelas sociológicas, cada una de las
cuales ha puesto el acento en distintos componentes
y abordajes para su estudio (26).
Se pueden resumir las características esenciales
de una profesión como sigue :
• Posee un cuerpo de conocimiento específico,
adquirido tras un largo período de formación
universitaria, y el control del mismo con capacidad
normativa (en el caso de la medicina, sobre qué
es salud y qué es enfermedad)
• Tiene control sobre la organización
del trabajo basado en aquel conocimiento
• Dispone de organizaciones profesionales
reconocidas legalmente, con capacidad reguladora
del acceso a la profesión y de todos los
aspectos relacionados con la práctica de
la misma
• Posee un código ético y
tiene la potestad exclusiva para aplicarlo
Pero con estos elementos no se agota el hecho
diferencial de la profesión en contraposición
al de una ocupación. Se han enfatizado
las tres características fundamentales
de toda profesión, derivadas de las anteriores:
monopolio (del saber y de su aplicación
práctica), credencialismo (requerimientos
para el acceso) y elitismo (del conocimiento y
en la autoexigencia) (25). A partir de ellas se
deriva el concepto nuclear del profesionalismo:
la autonomía. Ésta ha tenido formulaciones
mucho más nítidas en el pasado,
articulándose en función de cuatro
componentes (27-29): remuneración directa
por el cliente, libertad de decisión clínica,
liderazgo y control sobre otras profesiones que
actúan en el mismo ámbito jurisdiccional
y capacidad de conducir los conflictos por la
vía profesional en lugar de la sindical.
Hoy, por el contrario, los perfiles de dicha autonomía
son mucho más borrosos y, de hecho, la
pérdida o reducción de la misma
constituye una de las características predominantes
del acecho al profesionalismo que se analizará
luego.
Por otro lado, todo grupo profesional ha de exhibir
unos valores que se han compendiado en: altruismo,
disciplina, eficiencia y compromiso (30).
El altruismo supone un ideal de servicio más
allá de cualquier contrapartida económica.
En este sentido, se ha podido postular que el
profesional es tan interesado y competitivo como
el no profesional, pero se diferencia de éste
en que es capaz de moverse por recompensas simbólicas
(prestigio, autoridad, pericia, competencia, formación
cultural, etcétera) (31). De hecho, la
presencia de un interés comercial prioritario
hacia el cliente es vista por algunos como una
muestra de profesionalismo incompleto, de forma
que cuanto más se aproxima una asociación
al tipo económico puro menos aspecto de
profesión presenta (32,33).
La disciplina equivale al ejercicio de la autorregulación,
en base a criterios éticos y científico-técnicos
que dimanan del código ético de
la profesión y del conocimiento específico
que monopoliza, y comporta la sanción o
separación de aquellos miembros que no
los cumplen. La autorregulación constituye
la quinta esencia de toda profesión, hasta
tal punto que se ha podido afirmar que una profesión
no es más que una ocupación que
ha conseguido autorregularse (34).
La eficiencia supone la correcta aplicación
del cuerpo de conocimientos a la resolución
de los problemas planteados por los clientes.
Ni que decir el profesional, quien debe aplicar
discrecionalmente su saber en cada caso, utilizando
su acerbo de conocimiento explícito y tácito.
Finalmente, el compromiso debe establecerse a
tres niveles: la sociedad (el estado), la institución
sanitaria (empleador) y el cliente (paciente).
Dicho compromiso está indisolublemente
unido a la observancia del ideario profesional
y cuando ésta se debilita es la propia
profesión la que se ve debilitada en su
legitimidad social.
Conjuntamente con el componente axiomático
de la profesión que acabo de describir,
hay que remarcar la trascendencia extraordinaria
de su componente cultural el cual, por más
intangible y sutil que parezca, llega a ser más
importante, si cabe, que el conjunto de componentes
enunciados hasta aquí, porque es el que
más poder y legitimidad social le confiere
y el que mas sustenta su carácter elitista
o diferenciador (35,36). De hecho, se puede decir
que los profesionales son diferentes de los no
profesionales porque ellos están convencidos
que lo son y los demás así lo creen
(37). Esta creencia de la población en
la superioridad de los profesionales se basa en
asunciones muy diversas (inteligencia superior,
mayor contacto con las ideas, utilización
del pensamiento abstracto, trabajo científico
...) (38) y en un conjunto de cualidades que aquellos
deben procurar mantener con esmero y tenacidad:
ejercitarse constantemente en la consecución
del ideal del profesionalismo (39), interiorizar
sus valores como componente espontáneo
de conducta (40), incorporar la profesión
como componente esencial de su vida y ejercerla
a plena dedicación ("Vivir la profesión")
(41,42), priorizar el ideal de servicio (43),
exhibir los más altos niveles de exigencia
ética (44) y fomentar la comunidad de valores
y actitudes (45).
Otro tema importante que ha merecido la atención
de los sociólogos de las profesiones es
el proceso mediante el cual una ocupación
deviene una profesión (46,50). Dicho proceso
recibe el nombre de profesionalización
y tiene una duración y características
variables en cada caso y contexto social, siendo
un proceso de doble vía; es decir que,
al menos en teoría, puede desandarse con
el correr del tiempo a través del proceso
de desprofesionalización (30). Como ocurría
en el caso de la definición de profesión,
también aquí las diversas corrientes
de pensamiento sociológico postulan diferentes
trazos característicos del proceso de profesionalización;
sin embargo, es posible identificar los componentes
nucleares del mismo (9,25,30,51-53): demostración
del carácter especialmente valioso del
trabajo del grupo para la sociedad, dificultad
para el acceso al conocimiento especializado necesario
para llevarlo a cabo, dificultad para estandarizarlo
o racionalizarlo en la práctica, e interacción
de influencias político-económicas
favorables en un momento determinado. Cuando,
finalmente, el grupo ocupacional obtiene el reconocimiento
del monopolio solicitado y de la capacidad de
autorregulación por parte del estado, además
del reconocimiento explícito de la opinión
pública y de las instituciones empleadoras,
podemos decir que se ha convertido en una profesión,
cuyo carácter de dominante o supeditada
dependerá de su capacidad para imponerse
a otras profesiones que actúan en su ámbito
jurisdiccional propio o en sus fronteras. Esta
concesión estatal, siempre determinante,
conlleva el compromiso del cumplimiento escrupuloso
del ideario profesional postulado por el grupo
ocupacional. La sanción del estatus profesional
por parte del estado queda bien patente en la
regulación legislativa-administrativa y
en la jurisprudencia sobre la colegiación
obligatoria (54).
LA PROFESIÓN
MÉDICA
La medicina ha sido tradicionalmente el prototipo
de profesión dominante, situada en el epicentro
del mundo de la salud. A medida que éste
ha ido incorporando nuevos componentes, otras
profesiones y ocupaciones se han ido agregando;
sin embargo, hoy por hoy, nadie duda que el médico
sigue siendo el actor sanitario principal. Y aún
cuando cada vez han aparecido más áreas
de especialización y subespecialización
en el ámbito profesional, el médico
que atiende enfermos sigue siendo el prototipo
profesional, como puede inequívocamente
constatarse por el número de candidatos
inscritos para ingresar en las facultades de medicina
del país.
Al compás de los cambios aparecidos en
el mundo sanitario, el perfil competencial del
médico ha ido ensanchándose y complicándose
progresivamente (55,56). En esta línea,
la formulación más actual llevada
a cabo en el mundo de hispanoparlante (57) incluye
como componentes esenciales: el conceptual o de
pensamiento crítico (conocimientos), el
técnico (habilidades) y el interpersonal
(actitudes). Y en el desarrollo taxonómico
de las competencias, enumera: el encuentro con
el paciente, la formulación de hipótesis
diagnósticas, la clasificación de
los pacientes, la aplicación de procedimientos
diagnóstico-terapéuticos, el manejo
de situaciones clínicas específicas,
la toma en consideración de los
factores psicológicos, la comunicación
interpersonal, la evaluación de los factores
sociales, la comunicación/colaboración
entre colegas, la valoración de riesgos
y promoción de la salud, la consideración
de aspectos éticos y legales, el mantenimiento
de la competencia y la gestión clínica.
Esquemáticamente, podríamos decir
que el médico debe llevar a cabo las tres
tareas fundamentales de proveer una asistencia
altamente cualificada al paciente, preocuparse
por la salud del paciente individual y de la comunidad
en general y gestionar eficientemente los recursos
sanitarios (58). El encuentro con el paciente
y el establecimiento del diagnóstico, pronóstico
y plan terapéutico en el contexto social
en el que tienen lugar son considerados, en todos
los casos, los elementos nucleares de la labor
del profesional médico, acompañados
de otros dos componentes fundamentales, el buen
uso del tiempo y la generación de confianza.
Parece oportuno poner el énfasis en el
establecimiento del diagnóstico y pronóstico,
en el uso adecuado de los recursos disponibles
y en la generación de confianza como elementos
nucleares de la labor del médico, al objeto
de poder centrar más eficazmente las estrategias
de superación de la situación actual
que se analizará en el último apartado.
EL PROFESIONALISMO
EN JAQUE
En todos los países en los que se ha estudiado
la situación, los médicos tienen
poder pero, asimismo, en todos ellos se hallan
sometidos a presiones que son vistas más
o menos como fuente de indudable declive de la
profesión. Dichas fuentes de acoso, pueden
clasificarse en exteriores e interiores a la propia
profesión.
Exteriores
Cambios del contexto socio-cultural
En un contexto socio-cultural dominado por lo
que ha venido en denominarse "postmodernidad"
(59) se han producido cambios, por un lado, en
el paradigma científico que sustenta el
cuerpo de conocimiento profesional y, por otro,
en la condición del individuo y en el concepto
de legitimidad-autoridad. Por lo que se refiere
a aquellos, el determinismo y la simplicidad se
ven substituidos por el indeterminismo y la complejidad
y desaparece la certidumbre absoluta para dar
paso a la incertidumbre permanente (60) lo que
, en palabras de Popper, hace que la ciencia descanse
sobre arenas movedizas (61) y obliga a adaptar
constantemente el acerbo de conocimiento. En cuanto
a los segundos, la identidad-individualidad impulsada
por el postmodernismo se ve teñida de ribetes
de falsedad-ambigüedad, con una preeminencia
de la inmediatez en detrimento de la trayectoria
existencial que menosprecia el sentido de la experiencia
(62,63), lo que hace poco menos que imposible
llegar a alcanzar aquel nivel de conocimiento
superior, de carácter tácito o intuitivo
(64), que constituye la esencia del profesional-experto.
Además, en el mundo postmoderno uno puede
ser cualquier cosa en cualquier momento, el concepto
de deber o de esfuerzo individual pierde significación
en un ambiente de superficialidad, ambivalencia
e inautenticidad, y todo indicio de autoridad
es visto como perimido; todo lo cual contribuye
a socabar los cimientos del profesionalismo tradicional,
situado en las antípodas de este ambiente
cultural postmoderno genuino, y pone en tela de
juicio a todos aquellos que eran tenidos por poseedores
de saberes no asequibles a la mayoría (sacerdotes,
médicos, jueces, ....)(65-67). El auge
del movimiento de contestación a la autoridad
profesional tuvo su acmé en las décadas
de los 60 y 70 y de él surgieron críticas
al mundo profesional médico que generaron
una abundante literatura en nuestro país
y en los de nuestro entorno (68-73).
El modelo del neoliberal contempla con desconfianza
al ideario profesional, en cuya autonomía
encuentra problemas de control y la ve como un
obstáculo a la introducción de reformas
sanitarias (74,75). Por ello, como certeramente
afirma Freidson (25), tanto los partidarios del
mercado como los de la gestión burocrática
miran al profesionalismo como una aberración
más que como un sistema con una lógica
interna y una indiscutible integridad.
El ejercicio de la profesión en los denominados
estados reguladores se enfrenta con dos dificultades
importantes: el consumo excesivo y la preocupación
por la reducción de los costos sanitarios.
El primero presenta, a su vez, una doble vertiente
de acoso profesional al propugnar un igualitarismo
a ultranza, que es incompatible con el elitismo
propio del profesionalismo (76,77) y establecer
de manera explícita los derechos de los
usuarios (enmarcados en el derecho más
general a la salud), lo que provoca un aumento
de la litigación contra los médicos
ante la justicia ordinaria, obviando el sistema
disciplinario de la profesión que queda,
así, devaluado (43,78).
La preocupación creciente por la reducción
del gasto sanitario, caracterizado por un crecimiento
imparable en todos los países, hace que
el estado y los entes financiadores intervengan
cada vez más activamente en el mundo profesional
limitando su autonomía, en función
del papel relevante del médico en la generación
de dicho gasto (79,80). En este contexto de regulación
y en medio de un auge del que ha podido denominarse
"sanitarismo coercitivo" (81), el médico
tiende a ser visto más que como un profesional
autónomo como un técnico al servicio
de la política y la economía, que
ha de minimizar la discrecionalidad de su actuación,
maximizar el servicio práctico inmediato
al cliente y devenir un agente al servicio de
las necesidades del estado (25).
Este papel bifronte del médico, característico
de los sistemas sanitarios actuales, con frecuencia
le coloca en una posición difícil
ante la población, que tiende a identificarlo
como defensor a ultranza de las políticas
de contención-racionalización del
gasto promovidas por las instituciones sanitarias
(82). Una de las parcelas en las que mas intensamente
se percibe este dilema es el de la prescripción,
sobre el que pivotan no pocos de los esfuerzos
de contención del gasto y que comportan
una inducción mas o menos coercitiva hacia
la prescripción más económica
con independencia, a menudo, de criterios de individualización
y de utilidad clínica (83-85).
Entre las condiciones socio-culturales cambiantes
hay que mencionar, asimismo, la irrupción
de la tecnología, la cual incide no sólo
en las condiciones de la práctica profesional
sino, además, en el comportamiento de los
individuos, como ampliamente ha analizado Ellul
(86). En un sistema de creciente automatización
mecánica en una sociedad altamente burocratizada,
se espera que el individuo devenga un técnico-funcional-al-sistema
(87). Y puesto que, como ha dicho Jaspers (62),
en el mundo tecnológico todo lo que es
se acerca al nivel de lo manejable para ser sometido
a una adecuada organización, el ideal del
profesionalismo que tiende, por definición,
a la individualización y a la diferenciación
se ve desplazado definitivamente.
El desarrollo tecnológico aplicado a la
práctica ensancha extraordinariamente las
posibilidades de intervención pero, por
otro lado, incrementa la posibilidad de riesgo
iatrogénico al que el médico debe
hacer frente en la actualidad. Con no poca frecuencia,
la tecnología se interpone como pantalla
entre el médico y el paciente dificultando
la relación, que se torna más inhumana
y menos personalizada.
La invasión tecnológica del mundo
actual, con la puesta a disposición de
la población de una completa variedad de
aparatos-objetos que posibilitan el autocontrol-autodiagnóstico,
en el contexto de lo que Attali ha denominado
"bricolaje de la vida" (88), atenta
contra la posición del profesional médico
que ve reducido su campo de aplicación
de conocimientos diagnóstico-terapéuticos.
Por otro lado, la banalización del acto
médico, consecuente a la aplicación
de dicha tecnología, conduce a una merma
de la autoridad profesional del médico
(89). En este sentido, se ha podido estimar que
la utilización sistemática de un
filtro informático de todos los electrocardiogramas
practicados ahorraría unos 1000 cardiólogos
en EE.UU. de Norteamérica (90).
En íntima relación con la invasión
tecnológica hemos de considerar la revolución
informática. Dadas las facilidades actuales
de difusión y acceso a la información,
el público cree estar muy bien informado,
lo que comporta una pseudosofisticación
del paciente-cliente asociada a una creciente
rebeldía en todos los ámbitos en
los que el conocimiento del profesional desempeña
un papel central (91,92). Además, el acumulo
de grandes cantidades de información en
bancos electrónicos, susceptibles de ser
transferidos incluso al cerebro humano en un futuro
aparentemente no muy lejano, hace que no sea necesario
aprender montañas de información
y que el conocimiento del profesional pierda el
carácter de esotérico y de difícil
acceso que ha tenido tradicionalmente. Finalmente,
con la facilitación de la accesibilidad
a las fuentes primarias, el público tiene
la posibilidad de conocer los indicadores de la
que puede ser considerada buena práctica
profesional, lo que debilita el papel tradicional
del profesional médico que se vuelve, de
esta forma, más vulnerable (93).
En otro orden de cosas, la frontera entre la salud
y la enfermedad se ha ido difuminando progresivamente,
produciéndose el desplazamiento hacia lo
que se ha venido en llamar "metasalud",
que incluye campos limítrofes como el deporte,
la estética, la nutrición, el enriquecimiento
cultural o el ocio y la sexualidad, lo que provoca
la irrupción de otras profesiones y ocupaciones
que compiten con la medicina en su propia área
jurisdiccional tradicional.
Y si tomamos en consideración las condiciones
del mercado, es obvio que la saturación
de médicos que ha ocurrido en países
como el nuestro, altera profundamente la relación
oferta-demanda (94), originando unos contingentes
de médicos desempleados, subempleados o
mal empleados, que devienen un peligro evidente
para el mantenimiento de los estándares
profesionales, por dos razones: muchos de ello
no alcanzan la titulación de especialista
correspondiente y, por otro lado, los agentes
empleadores pueden instaurar unas condiciones
contractuales draconianas que contribuyen grandemente
al desprestigio de la profesión (véase
al caso de los denominados "contratos basura").
En relación con el punto anterior, voy
a considerar uno de los factores de acoso exterior
que más literatura ha generado: la proletarización
del médico. Efectivamente, desde la primerísima
mención de Tawney a la tendencia a la proletarización
de los que él denominó "trabajadores
del conocimiento" (95) y, muy especialmente,
desde la primera referencia sistemática
a dicho fenómeno en la literatura sociológica
(96), no han parado de aparecer trabajos y estudios
sobre el fenómeno de la proletarización
del médico en la sociedad moderna, que
se ha visto complementada con la referencia a
la corporatización, en razón de
que el trabajo del profesional se lleva a cabo
en organizaciones-corporaciones complejas (97).
Sin entrar en el debate sociológico sobre
el tema (98), lo que resulta evidente es que la
progresiva salarización del médico
como consecuencia de su trabajo en el seno de
las organizaciones complejas actuales es un fenómeno
que ha ocurrido en la práctica totalidad
de países desarrollados y es ya un hecho
en nuestro medio. Incluso en un país tan
liberal como EE.UU. de Norteamérica, la
proporción de médicos trabajando
en régimen de asalariado de las grandes
organizaciones sanitarias ha pasado del 28% en
1988 al 43% en 1996 y a más del 70% en
la actualidad (99).
Este hecho tiene una enorme repercusión
sobre el profesionalismo porqué las organizaciones
complejas se fundamentan en el ideario burocrático
que enunciara Weber en el siglo pasado (100) y
que progresivamente ha ido invadiendo amplias
capas de la sociedad moderna (7), (101); y, como
veremos a continuación, aquel se contrapone
directamente al ideario profesional.
Las características esenciales de toda
organización burocrática pueden
compendiarse en (102-104): cadena jerárquica
de mando, especialización funcional, normatización
uniformadora con especificación de derechos
y obligaciones, estandarización de las
tareas, carrera basada en la competencia técnica
individual, relaciones impersonales y coordinación
desde uno o más niveles por encima de dónde
se lleva a cabo el trabajo a coordinar. En este
ambiente de predominio de las relaciones contractuales,
cooperación indirecta e impersonalidad,
el proceso de racionalización inherente
a toda organización burocrática
se fundamenta en (105): eficiencia, cuantificabilidad,
predictibilidad y control mediante la tecnología.
Ni que decir tiene que todo ello se enfrenta al
ideario profesional y convierte en vulnerable
al médico en el seno de la organización.
Con independencia de las indudables ventajas de
la burocracia, especialmente cuando se aplica
a la administración pública o a
corporaciones con una organización tayloriana
del trabajo, en las cuales permite alcanzar objetivos
a través de una vía directa y racional,
de manera continuada y repetitiva, con precisión
y rapidez, no cabe duda que su aplicación
a la gestión de las organizaciones sanitarias
complejas actuales comporta innumerables desventajas.
Acaso una de las más importantes sea la
influencia decisiva sobre la personalidad de sus
empleados-burócratas (106,107) que socava,
una vez más e indefectiblemente, su ideario
profesional al abocarlos a una excesiva división
del trabajo, una pérdida del control sobre
las condiciones en las que éste se realiza,
una preponderancia del trabajo a destajo como
estímulo base y un auge de la canalización
de sus conflictos a través de la vía
sindical (108), hecho que en nuestro país
se constata solo en el subsector público,
pues en el subsector privado se ha a perdido incluso
la colegiatura . Como acertadamente ha señalado
Freidson (25), la estandarización del trabajo
corre el riesgo de degradar el servicio al paciente
en general y, sobre todo, a aquel que se sale
de la norma implantada lo que, en la práctica
clínica, suele ser muy usual. Porqué
hay que recordar que existe una relación
inversa entre la proliferación de normas
y regulaciones en una organización y el
grado de confianza entre los individuos, ya sean
empleados o clientes (109). Si desde la perspectiva
del profesionalismo la motivación por el
trabajo es intrínseca a la propia condición
de profesional, desde la perspectiva burocrática
aquella radica en los objetivos y normas de la
organización, por lo que no es de extrañar
que cuanto más sentido profesional exhiba
el médico más conflictividad con
la organización ocurra (110,111).
El ideario profesional es difícil de aplicar
en organizaciones que no fomentan el compromiso
ni la flexibilidad que estimule la responsabilidad
en la toma de decisiones, la cual se diluye en
los esquemas de trabajo en equipo. No cabe duda
que esta forma de trabajar en las organizaciones
es una vía eficaz para optimizar la utilización
de los recursos humanos, pero engendra el riesgo
de degenerar en la superficialidad y el minimalismo,
la relajación del compromiso de los coordinadores,
facilitadores o gestores de procesos con sus subordinados
y la preeminencia de la comunicación en
si misma sobre el hecho a comunicar (63). Enlazando
con lo que vimos más arriba acerca de la
rebelión social contra todo vestigio de
autoridad, este repudio de la autoridad y la responsabilidad
en aras de la superficialidad, este juego del
poder sin autoridad, hace surgir un nuevo tipo
caracterológico, el individuo irónico,
en substitución del individuo autoexigente,
que resulta altamente destructivo en este contexto
(112). Asimismo, aquel ideario profesional es
muy difícil de poner en práctica
en contextos de trabajo temporal, a tiempo parcial
y altamente inseguro, como el que caracteriza
al de muchos médicos de hoy en día
(74).
Sospechas sobre
los médicos y la medicina
Aunque, en general, la relación individual
de los pacientes con los médicos es percibida
favorablemente, lo que resulta cada vez más
cuestionado es el prestigio de la profesión
en conjunto, en función de lo que se aduce
como primacía de sus intereses económicos,
falta de compromiso social claro, características
de su estructura y organización, énfasis
exagerado en la tecnología y ausencia de
sintonía con los problemas que la sociedad
percibe como importantes en el ámbito de
la salud (113,114). Y ello es especialmente relevante
en unos momentos en los que todo lo relacionado
con la salud ha adquirido una importancia extraordinaria,
la sociedad entera se ha medicalizado o, si se
quiere, la medicina se ha politizado y ésta
se ha convertido en el centro de muchos de los
asuntos clave (115).
La población ve simultáneamente
a los médicos como chamanes, científicos,
profesionales, empresarios y políticos,
lo que representa algunas ventajes para la profesión
a la vez que algunos inconvenientes que enlazan
con el punto anterior116. Y Oriol-Bosch ha sistematizado
las críticas sociales a la profesión
médica en base a algunos de los postulados
esenciales del profesionalismo: monopolio, credencialismo,
elitismo, corporativismo y arbitrarismo (117).
Por su parte McKnight (118), a partir de los presupuestos
de Illich (119) centrados en la iatrogenia clínica,
social y estructural, ha desarrollado una crítica
del mundo profesional en base al secuestro de
la capacidad individual y comunitaria para hacer
frente a situaciones y condiciones que el profesional
ha convertido en necesidades o deficiencias para
la cobertura y solución de las cuales se
presenta como única alternativa (medicalización),
convirtiendo a los ciudadanos en clientes. En
base a este razonamiento, aduce tres motivos para
la rebelión contra las profesiones en general
y contra la profesión médica en
particular: la ineficiencia (los profesionales
hacen cada vez menos utilizando cada vez más
recursos), la arrogancia (los profesionales actúan
como elites dominantes, con poco respeto hacia
el ciudadano) y la iatrogenia (los tres tipos
de iatrogenia señalados por Illich). Aunque
tales postulados han recibido acerbas críticas
(120), no cabe duda que han calado hondo en la
sociedad, habiendo contribuido decisivamente al
surgimiento del amplio movimiento asociacionista
internacional de pacientes y usuarios, cuya manifestación
más visible es la de los enfermos de SIDA
pero que se extiende de manera progresiva a otros
muchos ámbitos de esta nueva sociedad de
las "diversidades" (121-128).
La presión
de los agentes exteriores
Los agentes exteriores que ejercen acoso sobre
la profesión son, fundamentalmente el estado
(gobierno), las corporaciones sanitarias, los
proveedores de medicamentos y material médico-sanitario,
los consumidores y otros grupos profesionales
(129).
Las relaciones entre el estado (gobierno) y la
profesión médica, desde el siglo
XIX, cuando aquel le concedió explícitamente
la capacidad de autorregularse vía colegios
y/o consejo profesionales y actuó consecuentemente
aceptando y favoreciendo su papel dominante en
el mundo sanitario, no han dejado de ser conflictivas
y oscilantes. Si en un primer momento se produjo
una "infiltración" de los organismos
estatales (gubernamentales) por médicos,
en los últimos tiempos asistimos a una
tendencia invertida de "infiltración"
progresiva de organismos profesionales por los
gobiernos y por los consumidores-usuarios (130,131).
El acoso gubernamental a la profesión médica,
con el ánimo de recortar sus privilegios,
adopta muy diversas formas pero es un hecho en
muchos países, desde el Reino Unido (132)
hasta Argentina, donde estamos asistiendo a iniciativas
reguladoras y legislativas del gobierno nacional
tendientes a limitar y regular el ámbito
de la práctica profesional, por fuera de
las colegiaturas profesionales, como es el caso
de la creación de las carreras universitarias
de postgrado, con expedición de títulos
habilitantes por parte de las universidades.
Por lo que se refiere a la corporaciones sanitarias,
partiendo del análisis que hice más
arriba al hablar de la proletarización
de los médicos, es un hecho bien demostrado
que el poder de los gestores-administradores está
en franca expansión y el de los profesionales
que en ellas trabajan en clara regresión,
llegándose a situaciones alarmantes de
desaparición del perfil profesional, que
pueden conducir a la substitución del profesional
médico por un técnico cualificado
de grado medio para la ejecución de algunas
de las tareas tradicionalmente ejecutadas por
aquel. Este fenómeno, como veremos más
adelante, no ha de suponer forzosamente un deterioro
grave del profesionalismo y, por el contrario,
puede ofrecerle nuevas oportunidades; pero para
que ello sea así, el profesional debe entender
adecuadamente los cambios sociales y actuar en
consecuencia.
En cuanto a los proveedores de medicamentos y
material médico, unos de los agentes del
mundo sanitario en alza al compás de los
progresos tecnológicos, en los últimos
tiempos han adoptado políticas activas
de marketing dirigido directamente a la población
usuaria que, sin lugar a dudas, representan un
acoso directo al papel tradicionalmente prescriptor-decisor
del médico (133). Sin movernos del campo
del medicamento y enlazando con la actuación
de los gobiernos que vimos antes, en la práctica
totalidad de los países se están
implantando políticas de utilización
de genéricos que son vistas por gran parte
de la profesión como una restricción
a su libertad de prescripción tradicional
(134,135).
Del papel desempeñado por la población
usuaria-consumidora ya hablé antes al mencionar
el asociacionismo internacional en este campo.
Una vez más, los gobiernos intervienen
activamente promoviendo declaraciones formales
de los derechos de los usuarios-pacientes, enmarcadas
en el derecho general a la salud que goza del
más alto rango legal en todos los países
con un modelo social de estado del bienestar,
que fomentan esta sensación de acoso exterior
por parte de la profesión, muchas veces
en contradicción directa con el modelo
de la más estricta economía de mercado
que impera en otras áreas de servicios.
Finalmente, unos agentes exteriores muy importantes
de acoso son las profesiones y ocupaciones que
se mueven en el mismo campo jurisdiccional o en
sus fronteras (136-142). Por último, un
gran número de ocupaciones o semiprofesiones,
que gozan del estatus legal de profesión,
compiten abiertamente con los médicos en
los distintos campos de especialización.
Conflictos al
interior de la profesión
Las fuentes interiores a la profesión no
por ser menos potentes y numerosas son menos importantes,
ya que son las que mayormente generan la actitud
inadecuada de aquella para enfrentarse a los retos
de futuro (143).
Entre los propios profesionales, como a nivel
de la sociedad en general, existen tres concepciones
distintas de profesión: la que pone el
énfasis en el servicio a los demás,
la que prioriza el control ocupacional del área
jurisdiccional propia por encima del interés
del cliente y, finalmente, la que pone el acento
en la ideología de la profesión
en el contexto socio-político determinado
con las contradicciones inherentes a la racionalización
del uso de recursos (74). Dado que dichas concepciones
coexisten en un momento determinado, resulta obvio
que generan tensiones que se traducen, en primer
lugar, a nivel de las instituciones profesionales.
En efecto, no es infrecuente que algunos de los
conflictos internos de la profesión deriven
de los posicionamientos de las sociedades científicas,
los órganos de representación-presión,
los órganos de reconocimiento de la competencia,
los órganos de concesión de licencia
y las organizaciones colegiadas y aún sindicalizadas
(144) en donde se hallan claramente diferenciados.
Una fuente muy importante de conflicto interior
son las disputas por la delimitación de
áreas jurisdiccionales propias entre especialistas
y generalistas pero también, entre especialistas
(145-150), vividas por la población como
conflictos de intereses ajenos a sus verdaderas
necesidades. Al compás del desarrollo científico-técnico,
el número de especialidades y subespecialidades
ha crecido espectacularmente (151). En este sentido,
se ha estimado que si en 1908, en un hospital
norteamericano, un paciente cardiópata
era visto por dos médicos y un especialista
y tenia una historia clínica de no más
de dos páginas, en 1938 el mismo tipo de
paciente era visto por ocho médicos y diez
especialistas y tenía un historial de 29
páginas de promedio (152); huelga decir
que, en la actualidad, tanto el número
de médicos que le atienden como el de páginas
de su historia clínica se han visto considerablemente
aumentados. Si tal fragmentación presenta
algunas ventajas, no cabe duda que presenta, asimismo,
grandes desventajas derivadas del fomento implícito
de la tecnificación de la labor profesional
que posibilita la substitución del profesional-experto
por el profesional-técnico y, en el límite,
la del profesional por el técnico, en base
a las ventajas organizativas y económicas
obvias.
Actualmente hay que agregar los fuertes conflictos
de intereses que generan las investigaciones clínicas
patrocinadas por la industria, tanto en el ámbito
público, como en el privado, pues dentro
del campo profesional, en algunos casos no existe
una clara conciencia en la interfase público-privada.
Ni una clara legislación regulatoria de
la actividad. El investigador ha devenido como
un nuevo constructo dentro del ámbito profesional,
por fuera del tradicional sustrato académico
de la universidad.
No hay más que ver las iniciativas de muchos
hospitales de nuestro país, de contratar
a médicos exclusivamente para operar cataratas
o varices, para darse cuenta de que seguir profundizando
en esta vía no puede conducir más
que a un deterioro acelerado de la profesión.
En relación con el punto anterior, hay
que enmarcar la tensiones entre los médicos
convencionales y los que se adhieren a las prácticas
no convencionales, alternativas o complemenrtarias
(153-160). Estas son ampliamente utilizadas por
las poblaciones y los gobiernos las ven con creciente
interés en el contexto de la racionalización-contención
de costos imperante.
El desarrollo de nuevos esquemas de organización-gestión
de las organizaciones sanitarias han propiciado
la irrupción de una progresiva fragmentación
de la homogeneidad de la profesión, que
contribuye poderosamente a generar tensiones intraprofesionales.
En efecto, en este contexto de tensiones se ha
podido hablar de "médicos contra médicos"
(161) y Hafferty y Light han sistematizado las
áreas de disputa contraponiendo los médicos
generadores de conocimiento a los que lo utilizan,
los médicos generadores de normas a los
que deben seguirlas, los médicos gestores
a los gestionados, y los médicos empleadores
a los empleados (129). Especialmente en las organizaciones
complejas de hoy en día, se da con mucha
frecuencia el caso del "médico espiralista"
que cambia a menudo de puesto de trabajo en una
ascensión por la vía de la gestión,
que le permite aumentar su salario y mejorar su
posición con cada cambio, a costa de dejar
de lado el ideal profesional (152).
Como consecuencia del trabajo profesional en aquellas
organizaciones complejas y el ambiente que en
ellas existe, se observa una creciente sindicalización.
Este hecho, por sí mismo, no tiene porqué
ser negativo para la profesión pero lo
es cuando, como viene ocurriendo en muchos países
el nuestro incluido, el ideal sindical suplanta
al ideal profesional. Como ejemplo de dicha suplantación
podemos considerar lo que viene ocurriendo con
la formación médica continuada.
Que los médicos exijan que les sea proporcionada
por el agente empleador, en el lugar de trabajo,
durante su jornada laboral y sin costo no cabe
duda que constituye una reivindicación
sindical loable pero, vista desde la perspectiva
profesional, representa una miopía extraordinaria
porqué deja en manos del empleador una
responsabilidad primaria del médico que
abdica, así, de una de sus obligaciones
más importantes, mantenerse competente,
con lo que contribuye a devaluar su papel como
profesional responsable, comprometido y capacitado
para dar respuesta a las necesidades de cada momento
(162). En otro orden de cosas, la homologación
del colectivo profesional con otros colectivos
ocupacionales no profesionales actúa también
y poderosamente en detrimento de la profesión.
Las grandes variaciones que se observan en la
aplicación del conocimiento a la práctica
por parte de los profesionales, incluso en situaciones
clínicas altamente protocolizadas (163),
no se acaba de reconciliar muy bien con el fundamento
científico invocado y da argumentos a los
gobiernos para que intervengan con objeto de asegurar
la racionalidad y uniformidad de actuación
y la disminución de costos consiguiente
(164), lo que se traduce en un nuevo acoso a los
médicos.
En conexión con este punto hay que considerar
la introducción de guía clínicas
y protocolos de actuación, uno de los aspectos
más sobresalientes de la denominada medicina
basada en la evidencia. De las bondades de los
mismos, entre otras para asegurar unos estándares
(mínimos) de calidad, nadie puede dudar;
sin embargo, lo que no suele ser tenido en cuenta
son los peligros potenciales que encierran para
la profesión desde tres vertientes. La
primera de ellas es la antítesis existente
entre el ideal de uniformización-harmonización
de los protocolos y guías y el ideal de
discrecionalidad del profesionalismo genuino.
Con ellos se pretende la resolución de
situaciones estándar mientras que, en la
práctica, el profesional se encuentra con
situaciones específicas que ha de resolver
utilizando su experiencia y conocimientos. La
aplicación de un protocolo-guía
la puede hacer cualquier profesional-técnico,
en ocasiones sin necesidad de ser médico,
mientras que la aplicación adaptada a la
situación del paciente concreto únicamente
la puede hacer un profesional-experto, con un
gran bagaje de conocimiento tácito. No
es difícil deducir que esta limitación
entronca con aquella fragmentación del
quehacer profesional de la que hablaba antes y
contribuye a potenciar los peligros señalados
allí para el ideario médico.
Otra vertiente es la de la producción de
los protocolos-guías y su repercusión
sobre la autonomía de actuación
y la irrupción de grupos de profesionales
enfrentados. En efecto, como ha señalado
Harrison (165), por más que los protocolos-guías
pueden servir como elemento de potenciación
de la autonomía profesional, en la práctica
lo que ocurre es una limitación de la misma
para aquellos que los aplican los cuales, además,
pueden asistir a su utilización por parte
de los gestores para definir los márgenes
de actuación profesional en los contratos
de servicios (166). Por otro lado, no hay que
desdeñar el peligro potencial de que los
médicos que producen protocolos-guías
se conviertan en meros burocrátas (165).
La tercera vertiente de consideración es
la actitud de los profesionales ante los protocolos-guías
y su cumplimiento. Inmersos en el ambiente de
superficialidad y escaso compromiso que analicé
más arriba, muchos profesionales exhiben
unos niveles de cumplimiento limitados, como se
ha demostrado en el caso de la guía sobre
asma de la British Thoracic Society, al encontrarse
que las enfermeras comunitarias la conocen y aplican
mejor que los médicos (167).
De entre el resto de fuentes de acoso interior
cabe mencionar las dificultades que encuentra
el profesional para explicar el componente tácito
de su acerbo de conocimiento a los demás;
la propia ignorancia consciente del médico
de la naturaleza del profesionalismo, cómo
se adquiere y preserva (117); la apatía
hacia las organizaciones profesionales, que son
vistas como ajenas cuando no criticadas abiertamente
en la mayoría de países occidentales
(168); y, por encima de todo, como un magma que
todo lo impregna, el descontento, la desmotivación,
el desencanto del médico en particular
y de la profesión mayoritariamente, y que
para peor se expande y contagia a los jóvenes
con extraordinaria rapidez.
Este profundo descontento, que se ha convertido
en el banderín de enganche de una gran
parte de la profesión, viene en gran manera
motivado por la pérdida de capacidad de
autocontrol en manos de los agentes de control
externo, pero también, por los cambios
socio-culturales y el tipo de personalidad que
ha aparecido en el mundo postmoderno. El carácter
de acoso que esto representa para la profesión
deriva del hecho de que el profesional actual
se encuentra realmente desorientado, al igual
que la sociedad en general (169), lo que se traduce
en una dificultad para organizar la vida (la vida
profesional, en este caso) mediante convicciones
razonadas y razonables y para encontrar soluciones
al panorama desesperanzador en el que vive la
profesión en conjunto.
En resumen, a la vista de los acosos exteriores
e interiores que sufre la profesión médica
en la actualidad se puede hablar de un verdadero
riesgo de desprofesionalización (170).
Por más que la teoría de la desprofesionalización
ha sido rebatida desde diversos sectores, no cabe
duda que, en la realidad, se pueden observar signos
de la misma en todos los países (171).
CÓMO SE
PUEDE SUPERAR LA SITUACIÓN
En respuesta al reto que acabo de plantear, en
este apartado voy a intentar compendiar las posibilidades
del médico de hoy para superar con éxito
la prueba de fuego del mantenimiento y mejora
de su ideario profesional. En todas las estrategias
que voy a analizar subyace una idea capital: los
médicos han de ser capaces de ver la realidad
libres de prejuicios y de complejos, partiendo
de la base de que "nada es tan invisible
como lo obvio" (172).
Luchar contra
las falacias
Algunas de las actitudes de los médicos
están basadas en falsas asunciones de la
realidad. Véase, por ejemplo, el caso de
la creencia en el deterioro de la confianza del
público hacia la profesión, que
se contradice con la información de la
que se dispone. En efecto, tanto los datos de
encuestas llevadas a cabo en el Reino Unido (173,174)
como en España (175) demuestran como la
profesión médica sigue situándose
entre las dos o tres primeras en el ranking de
consideración y confianza de la población.
En Argentina sigue siendo la carrera universitaria
con más aspirantes, aunque se observa un
claro declinio de los candidatos de sexo masculino.
Lo mismo puede decirse de la creencia, muy extendida
entre la profesión, de que ésta
se ha convertido en el blanco de los ataques de
los medios de comunicación. Una vez más,
la información de que disponemos no la
sustenta como se deriva de los resultados del
análisis de los artículos aparecidos
en tres grandes periódicos ingleses (Daily
Telegraph, Guardian y Daily Mail) durante los
años 1980-2000, que demuestra que, aún
cuando han aumentado las noticias sobre cuestiones
relacionadas con la salud y la medicina, no ha
variado significativamente la relación
entre buena y mala prensa de los médicos
a lo largo de estos veinte años (176).
Y otra de estas asunciones que no se corresponden
estrictamente con la realidad es la relacionada
con la pérdida dramática de autonomía.
Como ha demostrado Carlín, la creencia
de que el médico liberal de antaño
gozaba de un grado significativamente mayor de
autonomía es una falacia porqué
tiende a desconocer los elementos numerosos y
tanto o más poderosos que ahora que existían
entonces para condicionar la libertad de decisión
del médico (177); y en el mismo sentido
ha abundado Mechanic, al concluir que no existe
una correlación directa entre la pérdida
de autonomía del profesional actual con
el desarrollo del estado del bienestar y la consiguiente
intervención estatal (178). Así
pues, empezamos a ver como algunas de las percepciones
de los médicos acerca de su situación
actual, por más que se sustenten en hechos
reales, se ven considerablemente magnificadas
por la propia actitud de los profesionales, derivada
de aquellos cambios socio-culturales y modificaciones
de personalidad que analicé más
arriba.
En esta misma línea hay que situar el descontento,
desánimo y desmotivación que exhiben
los médicos a diario como elemento aglutinador
del sentir colectivo de la profesión. Que
esta percepción existe es incuestionable;
basta con ver las publicaciones a las que hice
referencia al comienzo y otras que abundan aún
mas en el fenómeno, al referir que hasta
un tercio de los médicos irlandeses no
optarían por estudiar medicina si volvieran
a empezar sus estudios universitarios (179) o
que un 43% de los médicos californianos
están dispuestos a abandonar la profesión
en los próximos tres años (180).
De lo que se trata es de situar esta sensación
en el contexto en el que emerge y estudiar sus
orígenes, para poder combatirla con éxito.
Por lo que se refiere al contexto, es bueno recordar
que el descontento e insatisfacción es
una característica común a la sociedad
contemporánea, como ha puesto de manifiesto
la "Encuesta mundial de valores 2000"
llevada a cabo en 65 países de todo el
mundo (181), de lo que podemos deducir que el
sentimiento de los médicos no difiere del
de la población en general y no constituye,
pues, un elemento diferencial. En esta misma línea,
tampoco parece que un fenómeno aducido
como íntimamente relacionado con aquella
sensación, el estrés, sea un elemento
diferencial dado que, según han demostrado
McManus y cols.(182), el estrés percibido
por los médicos del Reino Unido no difiere
significativamente del percibido por la población
general. A la vista de estos hechos y de las respuestas
que los médicos ingleses y de otras naciones
dieron al cuestionario lanzado a través
de su página web por el British Medical
Journal, hemos de concluir que muchas de las causas
aducidas son escasamente consistentes y altamente
subjetivas y que, en consecuencia, gran parte
del problema radica en la propia actitud de los
médicos, que no para de verse potenciada
en un círculo de retroalimentación
permanente a través de debates, reuniones,
publicaciones, etcétera, que magnifica
un hecho que, a la luz de los datos empíricos
de que se dispone, no parece tener las dimensiones
que se le atribuyen ni distribuirse homogéneamente
en el seno de la profesión (183,184). Como
han puesto de relieve diversos autores, esta sensación
de desencanto y frustración, enmarcada
en el clima de desorientación de que hablé
antes, se relaciona estrechamente con una baja
autoestima y confianza en las propias potencialidades
(185,186); por lo que bueno será recordar
que, para superarla, lo primero que hay que hacer
es fomentar la autosuficiencia y autoeficacia
(187,188), sin abandonarse al desencanto ni instalarse
en la "cultura de la queja" (189) sino
poniendo en práctica una cultura del liderazgo
y del compromiso responsable (190,191).
Y como último punto, me parece oportuno
señalar que aducir todo esta parafernalia
para justificar la desmotivación profesional
no contribuye en nada a facilitar la salida de
la crisis ni a preciar la figura del médico;
la motivación es un hecho enormemente complejo,
profundamente arraigado en la propia personalidad
(192), por lo que acusar a factores exteriores
de la desmotivación no hace otra cosa que
patentizar las limitaciones propias a la hora
de encarar la situación, por no tomar en
consideración los factores de orden interno
que han de ayudar primariamente al médico
a encontrar su motivación por el trabajo
profesional. Como oportunamente señalan
Edwards y cols (193), para superar la desmotivación
no basta con mejores condiciones estructurales,
materiales y económicas sino que hay que
adecuar el balance entre expectativas y realidades,
profundizando en el profesionalismo.
Rebatir las acusaciones
Todas las acusaciones que se lanzan contra la
profesión (monopolio, credencialismo, elitismo,
corporativimismo y arbitrarismo) son netamente
rebatibles (118) y constituyen, por ello, una
excelente oportunidad para aumentar aquella autoestima
de la que hablaba, al permitir adoptar un posicionamiento
activo de reafirmación de los valores profesionales
auténticos. La profesión tiene ante
sí dos vías de actuación
en este terreno: por un lado, la elaboración
y diseminación de mensajes que neutralicen
el impacto de las acusaciones y, por otro, la
actuación decidida en algunos casos tomando
como base su ideario.
El monopolio nada tiene que ver con el sentido
que se le da en el mercado, ya que no reposa en
la riqueza o el poder económico y ni tan
solo en el conocimiento en sí, sino más
bien en el ejercicio de una esfera de saber basado
en la competencia. Si la profesión sabe
enlazar esta reivindicación con el servicio
al cliente-paciente, el monopolio basado en la
competencia puede ser presentado como una garantía
de calidad de la prestación, muy especialmente
si se acompaña de la puesta en práctica
de iniciativas de evaluación periódica
de la competencia individual e institucional.
Por lo que respecta al credencialismo, hay que
presentarlo como "un sistema de señales
credenciadoras, creíble, fiable, comprensible
y actualizado" (118) y debe apoyarse en aquellas
iniciativas de las que acabo de hablar, tendentes
a la recertificación, o a evaluar periódicamente
la competencia del médico en ejercicio
(194-196), algunas de las cuales ya se han aplicado
en muchos países (197-200), y se hace de
forma bastante limitada en el nuestro.
El elitismo hay que reivindicarlo centrándolo
en el sentido de la exigencia y compromiso superiores
que entraña y distanciándolo de
concepciones equivocadamente asociadas a él
como desigualdad o injusticia (201,202); tan erróneo
resulta equiparar democracia con igualitarismo
como elitismo con inequidad e injusticia (19).
Hay que hacer un considerable esfuerzo hacia fuera
y, sobre todo, hacia dentro de la profesión
porqué, en efecto, es el propio médico
quién actualmente se siente incómodo
cuando se le habla de elitismo, inmerso como se
halla en un ambiente de igualitarismo y populismo,
al menos discursivo.
El arbitrarismo debe ser enunciado más
bien como discrecionalismo, es decir la aplicación
del conocimiento general a cada caso concreto
en un afán de individualizar la atención
al paciente, como contraposición a la racionalización
homogeneizadora que propugnan los sistemas burocráticos
de gestión actuales. Si es presentado de
esta forma, no cabe duda que la profesión
puede obtener el soporte de la ciudadanía,
deseosa cada vez más de que se respete
su identidad y sus características personales
en el encuentro con el médico. Éste,
por su lado, debe convencerse de que tanto mejor
profesional se es cuanta más capacidad
se tiene para responder a situaciones de incertidumbre
y no normatizadas, haciendo uso de la experiencia
y del saber tácito del que repetidamente
he hablado; quién únicamente sabe
actuar siguiendo los códigos y protocolos
y no se atreve a superarlos cuando los aplica
al paciente concreto, cae en el terreno del profesional-técnico
que debe situarse, como vimos, en un rango inferior
al del profesional-experto (203).
Por último, en relación con la acusación
de corporativismo, la profesión debe hacer
un profundo análisis de su actuación
histórica y ser capaz de ver que cuanto
más se encierra en la defensa de sus propios
intereses a través de prácticas
defensivas encubridoras, olvidando los de la población
a la que debe servir, más se aleja de la
legitimidad que le confiere el contrato social
que sustenta su estatus. Aún cuando la
acusación genérica de corporativismo
es injusta, es recomendable que la profesión
adopte medidas urgentes en dos campos relacionados
con su capacidad de autorregulación: el
de los errores médicos y el de los profesionales
que incumplen los requerimientos éticos
y científico-profesionales.
En el primer caso, la profesión debe modificar
su tradicional actitud de reserva y ocultación
y encarar el problema con apertura y visón
clara de futuro. Debe aceptar, en primer lugar,
que el problema es real (204, 205) y, por otra
parte, que equivocarse es humano, por lo cual
debe poner manos a la obra para buscar soluciones
en colaboración con otros (206-209) y ser
capaz de aprender a partir de los errores (210,
211). A buen seguro que un planteamiento de este
tipo, si se acompaña de propuestas colaterales
tendentes a resarcir a los perjudicados, ha de
gozar de la aceptación de los actores sociales,
inmersos en la sociedad del riesgo de que hablé
al inicio y en un proceso de prevención
pactada y acordada de eventos azarosos y de garantía
y mejora de la calidad (212).
En el caso de las conductas profesionales desviadas,
ya sea por incompetencia o por incumplimiento
de los deberes éticos, las organizaciones
profesionales han de ser mucho más rigurosas
de lo que lo han sido hasta ahora, ejerciendo
sin dilación y en toda su amplitud las
competencias que las normativas legales y administrativas
les conceden y promoviendo, cuando sea el caso,
otras que las complementen. El cumplimiento de
esta faceta disciplinaria debe reposar en un marco
preventivo, basado en la recertificación
personal y la reacreditación institucional,
en un marco sancionador que tienda, por un lado,
a diferenciar claramente el error de la falta;
por otro, a ofrecer oportunidades de reciclaje
al profesional incompetente; y, finalmente, a
separar de la profesión al médico
que se haga merecedor de esta sanción máxima
(213-216). Sin duda, las actuaciones en este campo
son las que mas eficazmente han de contribuir
a reforzar la imagen de la profesión ante
la sociedad, al hacer más creíble
su compromiso con la defensa de la salud de los
ciudadanos por encima de los intereses de los
propios médicos.
Impulsar y fomentar
el profesionalismo
En este sentido, las organizaciones profesionales
y las sociedades científicas pueden actuar
en, al menos, cuatro ámbitos. El primero
es el de tratar de conseguir que el profesionalismo
entre en los planes de estudio de las facultades
de medicina, con el objetivo de que los futuros
médicos se familiaricen con el ideario
profesional desde el inicio, como la manera más
eficaz de socializarse en este ideario e introyectarlo
en su conducta (217). En los últimos tiempos
ha surgido una literatura abundante sobre el tema
y los ejemplos en los que inspirarse son numerosos
(56, 218-222).
Un segundo ámbito es el del establecimiento
de una clara distinción entre la titulación
universitaria/administrativa de médico/especialista
y la licencia para el ejercicio, con lo que se
consigue patentizar uno de los componentes esenciales
de la autorregulación (control de acceso).
Esta distinción ya existe en algunos países
(notoriamente en el Reino Unido y EEUU), pero
no en la mayoría. En Argentina, parece
aún difícil introducir este cambio;
por ello, existe la obligación perentoria
de que las organizaciones profesionales nacionales
reformulen explícitamente el ideario profesional,
actualizándolo y difundiéndolo ampliamente.
Para ello pueden tomar ejemplo de las iniciativas
llevadas a cabo en los últimos tiempos
en distintos países (223-225), que han
producido versiones puestas al día, enfatizando
algunos componentes como los de humanitarismo,
honradez, confianza, confidencialidad, competencia,
compromiso, contrato con el paciente y contrato
con la sociedad (226). En estas nuevas formulaciones
deben incluirse, además, conceptos tan
importantes como el de la buena comunicación
con el paciente, la interdependencia y el partenariado,
la necesidad de enfrentarse a la complejidad utilizando
nuevas formas de pensamiento, la conveniencia
de fomentar la creatividad y el liderazgo, la
pugna por la excelencia ofreciendo una prestación
altamente diferenciada y cualificada, la oportunidad
de limitar los excesos de medicalización
que diversos actores del mundo sanitario están
interesados en fomentar y, por último,
la conciencia de que no se puede actuar ignorando
las limitaciones de recursos propiciando una "medicina
marginal" que aporta escasos beneficios para
la salud de los individuos a un precio injustificadamente
elevado (227-235).
Por otra parte, en los códigos éticos
tradicionales deben incorporarse nuevas concepciones
relacionadas con la que Lipovetsky denomina "ética
prudente" en substitución de la ética
maximalista (236); con la investigación
clínica, un campo especialmente sensible
en la actualidad, en el que la profesión
debe dedicar mayor atención para evitar
que los intereses profesionales sean confundidos
con los de terceros (237,238); y, muy especialmente,
con los aspectos éticos de las organizaciones,
en lo que se refiere al deber de proporcionar
las condiciones mínimas que garanticen
que el trabajo del médico pueda desarrollarse
en condiciones adecuadas de calidad y seguridad
para el paciente (25, 239). Aquí hay que
recordar, como lo hace Aubia (240) tomando los
postulados de MacIntyre (241), que la corriente
del neohipocratismo ético converge con
el ideario del profesionalismo en su capacidad
para proporcionar herramientas útiles,
al médico y a sus organizaciones profesionales,
para hacer frente a la influencia "corruptora"
de las instituciones y de los entes financiadores.
En este misma línea y retomando algunas
de las ideas expuestas anteriormente, las organizaciones
profesionales pueden y deben hacer esfuerzos considerables
para difundir mensajes orientados a dar a conocer
lo esencial del profesionalismo a la población
y al resto de actores sociales, con los que han
de contar para mantener o mejorar su estatus.
Han de aprovechar cualquier ocasión para
ello y, además, deben diseñar campañas
informativas para este fin tomando el ejemplo
de otras profesiones, o especialidades médicas,
que lo han hecho en los últimos años.
En otro orden de cosas, han de introducir incentivos
o distinciones profesionales que tiendan a resaltar
el comportamiento profesional excelente y hacer
un ejercicio de memoria histórica en el
que recuerden el ejemplo de profesionales distinguidos,
y los principios fundacionales, con el objetivo
de enfatizar el largo camino seguido por la profesión
a lo largo del tiempo y aportar referentes prestigiosos,
muchos de los cuales gozan de un enorme aprecio
popular por sus indiscutibles méritos y
aportaciones sanitarias y sociales.
Finalmente, es deseable que las organizaciones
profesionales dediquen recursos a la gestación
de ideas que les permitan enfrentarse con mejores
garantías de éxito a los retos futuros
en base al ideario profesional. Aunque esta recomendación
es útil para todos los países, lo
es especialmente para aquellos que, como el nuestro,
tienden a olvidar este componente de prever el
futuro para mejor afrontarlo.
Ejercer activamente
el profesionalismo
Este es un campo de actuación especialmente
importante porqué entronca con la defensa
de la profesión y de su área jurisdiccional
propia, de la que hablé más arriba
como un elemento indispensable para el mantenimiento
del estatus profesional permanentemente. A efectos
descriptivos y en función de la relevancia
del trabajo profesional en el seno de organizaciones
burocráticas complejas, voy a diferenciar
las actuaciones en dichas organizaciones, de las
actuaciones en general.
Por lo que se refiere a las primeras conviene,
ante todo, rebatir algunas falacias y tópicos
muy extendidos como el de la supuesta incompatibilidad
entre los objetivos de las organizaciones y los
del profesional que trabaja en ellas y el de la
antítesis entre la gestión y la
clínica. En efecto, los fines y objetivos
de las organizaciones pueden coexistir perfectamente
con el ideario profesional, si ambas partes se
aplican en conseguirlo con inteligencia y voluntad
(242); por otro lado, si los profesionales dependen
de aquellas laboralmente, ellas dependen a su
vez de los profesionales para alcanzar sus objetivos
(37). En cuanto a las supuesta radical antítesis
entre la mentalidad gestora y la mentalidad clínica,
parte de una incomprensión de lo que una
y otra persiguen y del método de razonamiento
que utilizan. Si se contemplan desde una óptica
desapasionada, se puede ver como ambas comparten
más de lo que parece y que se pueden hacer
aproximaciones razonables partiendo, por ejemplo,
de las herramientas de la epidemiología
clínica (243-247) y de las experiencias
concretas evaluadas (248).
Al considerar el engarce del profesional en las
organizaciones, hemos de distinguir entre las
que poseen una fuerte cultura de organización
y las que la poseen más débil (249).
Si a este sustrato cultural añadimos el
de la cultura profesional imperante, resulta una
clasificación en cuatro categorías
(fuerte cultura organizativa y fuerte cultura
profesional, débil cultura organizativa
y fuerte cultura profesional, fuerte cultura organizativa
y débil cultura profesional, débil
cultura organizativa y débil cultura profesional)
que nos ha de ser muy útil a la hora de
programar actuaciones orientadas a potenciar el
papel del profesional en una organización
concreta. En este mismo sentido, también
nos puede ser útil retomar los conceptos
de Mintzberg acerca de las que él denomina
"burocracias profesionales" u "organizaciones
de servicios personales" (250), que otros
habían etiquetado antes de "organizaciones
con capacidad de autocorrección" (251)
para diferenciarlas de las burocracias tradicionales
o burocracias maquinales, y en las que tienen
un papel protagonista las iniciativas de "peer
review"y abundan los comités y equipos
de trabajo "ad hoc". En este tipo de
organizaciones, que en los últimos tiempos
han evolucionado hacia las que se denominan "organizaciones
inteligentes" u "organizaciones orientadas
hacia el aprendizaje" (252-254), cuyas características
han analizado detalladamente Fiol y colaboradores
(163), el ideario burocrático que vimos
en apartados anteriores se halla superado (255)
y se da una primacía absoluta del capital
intelectual (256) por más que, en la práctica,
los nuevos esquemas organizativos todavía
coexistan con los tradicionales taylorianos y
weberianos.
Tales organizaciones presentan una serie de características
que, si el profesional sabe aprovechar óptimamente
haciendo gala de una mentalidad proactiva y huyendo
de las rutinas defensivas propias de los trabajadores
cualificados (257), le pueden conferir una ventaja
indudable. Para ello, en primer lugar, debe convencerse
de que su mentalidad de profesional, preparado
para manejar situaciones complejas y diferenciadas
y para utilizar el razonamiento tácito/intuitivo
(258,259), le confiere una superioridad natural
que ha de saber aprovechar. Si, basándose
en las esencias del profesionalismo, adopta una
actitud de confianza más en sí mismo
que en la posición jerárquica, de
capacidad de colaboración con otros, de
compromiso y entusiasmo y de disponibilidad para
aprender permanentemente (260), sin lugar a dudas
puede resituarse ventajosamente en el seno de
la organización por más que ésta
intente recortar su autonomía profundizando
en la normatización y la división
del trabajo a ultranza. En este punto hay que
insistir, una vez más, en que el profesional
debe posicionarse lúcidamente ante el tema
de los protocolos / guías de actuación
(261) y los más actuales esquemas de gestión
por procesos, sabiendo aprovechar sus incuestionables
ventajas (básicamente la garantía
de una calidad mínima homogénea
y la evitación de errores de bulto) pero
sabiendo valorar, asimismo, sus indudables desventajas
(contraposición a la discrecionalidad,
generación de trabajo improductivo con
sus consecuencias sobre la oferta de servicios,
aumento ostensible de costes en algunos casos
(262) y, por último, cobertura limitada
del espectro asistencial).
En esta misma línea, el profesional puede
aprovechar otros fenómenos que se dan en
las organizaciones para afianzar su posición.
Uno de ellos es el que Pfeffer y Sutton han calificado
de "trampa del discurso inteligente",
según la cual con frecuencia se usa una
palabrería complicada y vacía de
contenido operativo (263); ni que decir tiene
que frente a ella, el profesional debe posicionarse
con su discurso pragmático de resolución
de problemas concretos, capaz de superar la laguna
existente entre conocimiento y acción,
tan característico de las organizaciones.
Otro es el que Argyris ha tipificado como "falacia
de la comunicación" (264), basada
en la implementación de numerosas iniciativas
tendentes a facilitar la comunicación entre
los empleados y los clientes, con la vista puesta
en el hecho de la comunicación más
que en el contenido de la misma y con un relegamiento
ostensible del profesional; dichas iniciativas
pueden llegar a representar un serio obstáculo
para la consecución de los objetivos reales
de la organización y, sobre todo, para
el aprendizaje continuo y ofrecen una inmejorable
oportunidad al profesional para aportar su criterio
de sensatez en la comunicación con el paciente,
basado en la confianza y la trasmisión
de mensajes con sentido. Un último fenómeno
de la organización que puede ser aprovechado
por el profesional es la existencia de la estructura
informal o la "otra cara de la burocracia"
(265), en base a la cual puede adaptarse con ventaja
a la estrategia actual de organización
denominada "comunidades de práctica
(266), que viene gozando de una buena aceptación
y que no le ha de ser desconocida al médico,
acostumbrado tradicionalmente a participar en
grupos de trabajo intra o interhospitalarios ajenos
por completo a cualquier regulación burocrático-administrativa.
La sensación de que el poder de los gestores
no para de crecer y el de los profesionales de
retroceder debe modularse con algunas aportaciones
que enfatizan hechos observables en los últimos
tiempos y que contradicen aquella creencia (74):
el considerable poder de que aún disponen
los grupos profesionales, el progresivo auge de
clientela privada en algunos países, la
falta de interés de los propios gestores
por aumentar su poder en algunas áreas,
la fragmentación y conflictividad de intereses
entre ellos, el interés de algunos gobiernos
en no conceder mayores cotas de poder a los gestores,
el creciente poder de los usuarios organizados,
la incomodidad en la que se mueven los gestores
a la hora de racionalizar la prestación
asistencial en contraposición al hábito
del profesional de seleccionar el esquema asistencial
más adecuado para cada paciente y, por
último, la posibilidad más que teórica
de que los propios médicos se conviertan
en gestores competentes, sin necesidad de adherirse
a la ideología de gestión actual
(267,268), basándose en sus capacidades
de gestión clínica (269) y de juicio
clínico como soporte (243,270).
En este contexto, menos desfavorable de lo que
ellos mismo con frecuencia creen, los médicos
que trabajan en organizaciones deben actuar decididamente
en varios frentes. El primero es tratar de minimizar
los enfrentamientos entre los diversos tipos de
profesional, rehabilitando la figura del director
médico, que no tiene porqué alejarse
definitivamente y en todos los casos de la práctica
asistencial, siendo aconsejable que sea elegido
entre los propios médicos, y aceptando
y estimulando la participación de colegas
con formación específica en cargos
de gestión intermedios. El segundo es potenciar
los estamentos de cariz profesional, distinguiéndolos
netamente de los de carácter sindical.
El tercero, activar intensamente los comités
de calidad y de ética, lamentablemente
caídos en el ostracismo en muchos centros
sanitarios de nuestro país, en una abdicación
injustificable del ancestral ideario profesional
del "peer review"(271). El cuarto, participar
activamente en la que modernamente ha venido en
llamarse "clinical governance" (272),
que incluye el trabajo relacionado con la organización
de los esquemas asistenciales, del control de
calidad y del diseño de programas de desarrollo
profesional continuo, entre otros, y cuyo tiempo
necesario, de una enorme trascendencia para el
mantenimiento-mejora del estatus profesional,
ha de reivindicarse como tiempo computable en
su horario laboral incrementando la proporción
que representa actualmente, como propone el "informe
Wanless" (273) (incremento del 5% actual
en los hospitales del Reino Unido al 10% propuesto);
en este mismo sentido, el médico debe reivindicar
sus capacidades y ejercerlas activamente en el
mantenimiento interno de la organización
y en la adaptación al ambiente externo,
dos actividades complementarias a la actividad
nuclear de toda organización que no es
otra que el cumplimiento de sus objetivos en términos
de producción asistencial (274). Y el quinto,
actuar en el frente de la carrera profesional,
que debe verse como una inmejorable oportunidad
de afianzar la posición del profesional
en base a su ideario y unirse inextrincablemente
al mantenimiento de la competencia, a la formación
continuada y, en la concepción más
actual, a la formación profesional continua
(275).
Las actuaciones generales han de contemplarse
desde el punto de vista de los médicos
y de sus corporaciones profesionales. Aquellos
deben, en primer lugar, ejercer cotidianamente
el profesionalismo sin complejos, creyendo firmemente
en sus bondades y características diferenciales,
según vimos al definir una profesión;
si por negligencia o falta de convencimiento el
médico se aleja del perfil de profesional
exigible, el profesionalismo se resiente. También
han de involucrarse más activamente en
el funcionamiento de sus corporaciones profesionales,
superando la atonía y criticismo actuales
tan comunes en nuestro país y en otros
muchos, incluso en aquellos de tanta tradición
profesional como el Reino Unido (276). Además,
han de saber encontrar líderes profesionales
que sean capaces de conducirlos por sendas que,
superando la tentación del enfrentamiento
sistemático y la actuación reactiva,
les permitan resituarse con ventaja en el panorama
sanitario actual, lleno de nuevas oportunidades
para el profesional competente y responsable (277,278).
Finalmente, un ámbito en el que, a pesar
de las aparentes desventajas pueden actuar cimentando
su posición, es el de la sociedad de la
información.
En efecto, aún cuando, como vimos en un
apartado anterior, el acceso fácil del
público a una cantidad cada vez mayor de
información puede liberarle aparentemente
de la dependencia del profesional, en la práctica
lo que ocurre es que aumenta la incertidumbre
y la contingencia (279) y que el individuo se
ve obligado a la toma de decisiones continuamente
en un contexto de amplia libertad ("homo
optionis" se ha denominado al hombre de hoy)
(280), que le comporta una actitud ambivalente
y huidiza frente a la misma, que ya enunciara
Fromm hace más de cincuenta años
(281) y que mas recientemente ha puesto de manifiesto
Crozier (282). En este ambiente de exceso de información
(283), lo que hace falta son filtros adecuados
que protejan al individuo de la información
inexacta y superflua (284), que actúen
como un verdadero "sistema inmunitario de
la información" (285). Y es obvio
que esta función la puede y debe ejercer
el médico en el mundo sanitario, en beneficio
del cliente-paciente y de su propia posición
profesional que sale, así, reforzada; sobre
todo si, adicionalmente, también actúa
como garante de la fiabilidad o confianza que
el individuo necesita en el contexto de los "sistemas
expertos" y "sistemas abstractos"
que Giddens ha postulado como característicos
de nuestra época286 o en el de la sociedad
del riesgo descrita por Beck (3).
Por lo que se refiere a las corporaciones profesionales,
en nuestro país muy específicamente
los consejos, colegios y sociedades científicas,
han de tener claro que deben actuar en los tres
frentes propios de toda organización que
he mencionado más arriba: consecución
de sus objetivos específicos, mantenimiento
de su sistema interno y adaptación al ambiente
exterior (274).
En lo tocante al primero, deben profundizar en
el ideario del profesionalismo en las líneas
que enuncié antes y, muy especialmente
en la resolución del dilema autonomía-responsabilidad
que subyace en toda la problemática profesional
del momento (287). Deben esforzarse en hacer más
creíble la autorregulación (288),
para lo cual deben poner en práctica muchas
de las actuaciones enunciadas en los apartados
anteriores. Deben fomentar nuevas formas de gestión
profesional que satisfagan más a los médicos
y estimular el conocimiento y profundizar en las
posibilidades de la antes mencionada "clinical
governance" (272, 289, 290). Y han de actuar
más decididamente en el ámbito de
la formación médica continuada,
sobre todo en lo que se refiere a su acreditación,
basándose en las experiencias ya existentes
(291), en la que hace un tiempo está introduciendo
la U.E.M.S. a nivel europeo, y en la que actualmente
se está desarrollando en nuestro país
con la preparación del sistema de acreditación
de actividades formativas de postgrado para médicos,
dependiente del de la Comisión Nacional
de Acreditación Universitaria, en las que
deberían cumplir un rol de importancia
las organizaciones profesionales médicas.
En base a tales iniciativas y a otras que, como
vimos, se están llevando a cabo en el terreno
de la evaluación de la competencia, han
de profundizar decididamente en la recertificación-reacreditación,
como está ocurriendo en algunos países
y hace tiempo se está aplicando en otros.
En el mantenimiento de su estructura interna es
evidente que, particularmente en nuestro país,
han de adaptarla a las necesidades actuales, dotándose
de bases estatutarias sólidas y puestas
al día, adoptando esquemas organizativos
ágiles y capaces de dar respuesta a la
situación cambiante y de conferir a la
profesión la imagen que se pretende, articulando
iniciativas modernas de registro-licencia y promoviendo
iniciativas que reposen en una mentalidad proactiva
de adelantarse al futuro en substitución
de la mentalidad reactiva que ha imperado en los
últimos tiempos. Adicionalmente, han de
dedicar esfuerzos a canalizar las tensiones entre
los distintos grupos de profesionales (292) y
agrupar los esfuerzos de las distintas organizaciones
con objeto de superar las rivalidades y los conflictos
abiertos y conseguir que la profesión hable
con una sola voz y en un solo idioma (293). En
este sentido, es importante que se diferencien
claramente los ámbitos de las organizaciones
gremiales de los de las genuinamente profesionales,
con objeto de aprovechar sus sinergias evitando
los solapamientos confundentes, a menudo negativos
para la profesión; y si, como ocurre en
algunos casos, es una misma organización
quién desempeña ambas funciones,
es altamente aconsejable que diferencie nítidamente
dos estructuras operativas al cargo de cada una
de dichas funciones. Algunas experiencias recientes,
aunque se hayan llevado a cabo en un contexto
tan diferente como el de EE.UU. de Norteamérica,
pueden servir de pauta orientadora (294-296).
En aquel contexto de partenariado de que hablé,
las corporaciones profesionales han de ser capaces
de establecer alianzas estratégicas con
los demás agentes sociales: agencias gubernamentales,
organizaciones comunitarias, gestores sanitarios,
otros proveedores sanitarios, compañías
de seguros, .... Y, en base al ideario profesional
repetidamente enunciado, han de saber aprovechar
las colaboraciones con el estado (sanción
y protección del ámbito jurisdiccional
propio) (117) y ejercer todo su potencial de influencia
política mediante su participación
en los altos puestos de gobierno, en la gestión
directa o indirecta de las agencias gubernamentales,
en la multitud de actuaciones de sus órganos
de presión o en la red de asociaciones
profesionales e interprofesionales (298).
Tras haber puesto orden en su propia casa, como
dice Salter (299), la profesión podrá
abordar la renovación del contrato social
que la legitima con los dos agentes principales:
el público y el gobierno. Para ello, bueno
será que incorpore los principios del nuevo
paradigma para las organizaciones del siglo XXI
que han formulado Bennis y Mische (300).
Con el público debe profundizar en su confianza
dado que, en caso contrario, a medida que aumenta
la desconfianza y las protestas públicas,
la tentación de que el estado intervenga
para regular la práctica profesional es
muy fuerte (301). Para ello es indispensable que
la profesión reafirme su compromiso de
servicio a la población por encima de todo
(302) y lo haga visible a través de iniciativas
de defensa de los derechos de los pacientes ("Advocacy")
frente al gobierno, las agencias gubernamentales,
las instituciones sanitarias y las compañías
de seguros en un contexto de "compromiso
razonable" (301-305); estas iniciativas,
junto a otras que se han venido enunciando en
base a las propuestas de los múltiples
autores que han estudiado el tema (306), han de
contribuir a ganar amplios niveles de confianza,
como se ha visto en los países cuando se
han puesto en práctica . También
debe contemplarse, con la prudencia necesaria
en cada situación, la participación
más activa de la población en todo
lo que se refiere al manejo de su salud (307)
y en el propio proceso de regulación de
la profesión (el General Medical Council,
que viene regulando la profesión médica
del Reino Unido desde 1858, ha incrementado en
un 25% el número de miembros no profesionales
en su órgano de gobierno en los últimos
tiempos) (308), respetando sus derechos e intereses
y sabiendo balancear adecuadamente sus puntos
de vista sobre la práctica profesional
(309). Y, finalmente, si antes hablé del
papel del médico como filtro del exceso
de información, también podemos
hablar aquí del papel de sus organizaciones
profesionales como garantes de la fiabilidad de
las fuentes de información para el público
vehiculizadas a través de las cada vez
más frecuentes páginas web existentes
(273).
Con el gobierno ha de pactar ofreciéndose
a profundizar en el ideario profesional, particularmente
por lo que se refiere a la autorregulación
efectiva, la colaboración en el uso racional
de los recursos sanitarios y la participación
en la definición del catálogo de
prestaciones; a cambio, ha de ver reconocidos
explícitamente su ámbito jurisdiccional,
su papel clave en la definición de la política
sanitaria y su papel no menos importante en la
distribución de los recursos disponibles.
En base a estas premisas y recordando el mensaje
que Sir M. Shock lanzara a los médicos
británicos en 1994 con ocasión del
congreso de la profesión ("el médico
es diferente, el paciente es diferente, la medicina
es diferente; todo es diferente, salvo la manera
de organizarse los médicos") (226),
la profesión debe renegociar abiertamente
el contrato social que sostiene su estatus (310),
poniendo en ello todo el empeño con la
vista puesta en el futuro a medio y largo plazo,
y sobre el que deben producirse debates (311).
Únicamente así podrá convertirse
en la alternativa al estado y al mercado en la
regulación del mundo sanitario, que tan
enfáticamente han postulado Freidson (25)
y Wuthnow (312) en los últimos tiempos.
Eduardo Cuestas.
Hospital Privado- Centro Médico de Córdoba
S.A
Agradecimientos:
A Ricardo E. Yofre, por su inagotable estímulo
a la reflexión para comprender con humor,
un mundo en constante cambio.
BIBLIOGRAFÍA
1. Pardell H.
¿Qué podemos esperar de la formación
médica continuada?. Mitos y realidades.
Med Clin (Barc). 2000, 114: 419-30
2. Jovell AJ. El futuro de la profesión
médica. Análisis del cambio social
y los roles de la profesión médica
en el siglo XXI. Barcelona. Biblioteca Josep Laporte.
2001
3. Beck U. La sociedad del riesgo. Hacia una nueva
modernidad. Barcelona. Paidós. 1998
4. Bauman Z. Liquid modernity. Cambridge. Polity
Press. 2000
5. Elias N. The society of individuals. Oxford.
Blackwell. 1991
6. Castells M. La era de la información.
3 vols. Madrid. Alianza. 1997-1998
7. Crozier M. Le phénomène bureaucratique.
Paris. Editions du Seuil. 1964
8. Price DK. The scientific state. London. Oxford
University Press. 1965
9. Larson MS. The rise of professionalism. Berkeley,
CA. University of California Press. 1977
10. Freidson E. Professionalism reborn. Theory,
prophecy and policy. Chicago, IL. The University
of Chicago Press. 1994
11. Brint S. In an age of experts. The changing
role of professionals in politics and public life.
Princeton, NJ. Princeton University Press. 1994
12. Lichtenstein R. The job satisfaction and retention
of physicians in organized settings: literature
review. Med Care Rev. 1984, 41: 139-79
13. Reames HR, Dunstone DC. Professional satisfaction
of physicians. Arch Intern Med. 1989, 149: 1951-6
14. Richards T. Disillusioned doctors. BMJ. 1997,
314: 1705-6
15. Kassirer JP. Doctors discontent. NEJM. 1998,
339: 1543-4
16. Bruguera M. ¿ Cúal es el grado
de satisfacción de los médicos ?.
JANO. 1999, 56: 1295
17. Editorial. Dealing with job dissatisfaction
in medicine. Lancet. 2001, 357: 1377
18. Smith R. Why are doctors so unhappy ?. BMJ.
2001, 322: 1073-4
19. Lasch C. La rebelión de las élites
y la traición a la democracia. Barcelona.
Paidós. 1996
20. Burke RJ, Stress, satisfaction and militancy
among Canadian physicians: a longitudinal study.
Soc Sci Med. 1996, 43: 517-24
21. Murray A, Montgomery JE, Chang H, Rogers W,
Inui T, Safran G. Doctor discontent. A comparison
of physician satisfaction in different delivery
system settings, 1986 and 1997. J Gen Intern Med.
2001, 16: 451-9
22. Allen I. Doctors and their careers: A new
generation. London. Policy Studies Institute.
1994
23. Carr-Saunders AM, Wilson PA. The professions.
Oxford. Clarendom Press. 1933
24. Parsons T. The professions and social structure.
Social Forces. 1939, 17: 457-67
25. Freidson E. Professionalism. The third logic.
Cambridge. Polity Press. 2001
26. Rodríguez F, Guillén MF. Organizaciones
y profesiones en la sociedad contemporánea.
Rev Esp Invest Sociol. 1992, 59: 9-18
27. Tolliday H. Clinical autonomy. In: Jacques
E, ed. Health services: Their nature and organization
and role of patients, doctors, nurses and the
complementary professions. London. Heinemann.
1978. 32-52
28. Light D, Levine S. The changing character
of the medical profession: A theoretical overview.
The Milbank Quarterly. 1988, 66 (Suppl 2): 10-32
29. Freddi G. Problems of organizational rationality
in health systems: Political controls and policy
options. In: Freddi G, Björkman JW, eds.
Controlling medical professionals. The comparative
politics of health governance. London. Sage. 1989.
1-27
30. Abbott A. The system of professions. An essay
on the division of expert labor. Chicago, IL.
The University of Chicago Press. 1998
31. Parsons T. The motivation in economic activities.
In: Anonymus. Essays in sociological theory, pure
and applied. New York, NY. The Free Press. 1949.
200-217
32. Turner BS. Medical power and social knowledge.
2nd edition. London. Sage. 1996
33. Mac Iver RM, Page CH. Sociología. Madrid.
Tecnos. 1969
34. Wolinsky FD. The professional dominance perspective
revisited. The Milbank Quarterly. 1988, 66 (Suppl
2): 33-47
35. Freidson E. Profession of medicine: A study
in the sociology of applied knowledge. Chicago,
IL. The University of Chicago Press. 1970
36. Barzum J. The professions under siege. Harper’s.
1978, 257: 61-8
37. Guy ME. Professionals in organizations. Debunking
a myth. New York, NY. Praeger. 1985
38. Khoury RM. Demythologizing the professions.
Internat Rev Hist Poli Sci. 1980, 17: 57-70
39. Cruess RL, Cruess SR, Johnston SE. Professionalism:
an ideal to be sustained. Lancet. 2000, 356: 156-9
40. Moore ES. The remain of the profession, or
what the butler knew. Ann Intern Med. 2001, 134:
255-9
41. Swich HM. Toward a normative definition of
medical professionalism. Acad Med. 2000, 75: 612-6
42. Moore WE. The professions: roles and rules.
New York, NY. Russell Sage Foundation. 1970
43. Reed RR, Evans D. The deprofessionalization
of medicine. Causes, effects and responses. JAMA.
1987, 258: 3279-82
44. Cruess RL, Cruess SR, Johnston SE. Renewing
professiomalism: An opportuninty for medicine.
Acad Med. 1999, 74: 878-84
45. Mosher F. Professions in public service. Pub
Admi Rev. 1978, 38: 144-50
46. Wilensky HL. The professionalization of everyone
?. Am J Sociol. 1964, 70: 137-58
47. Millerson G. The qualifying associations.
London. Routledge. 1964
48. Goode WJ jr. The theoretical limits of professionalization.
In: Etzioni A, ed. The semiprofessions and their
organization. New York, NY. The Free Press. 1969.
266-313
49. Jackson JA. Professions and professionalization.
Cambridge. Cam-bridge University Press. 1970
50. Coe R. The process of development of established
professions. J Health Soc Behav. 1970, 11: 59-67
51. Berlant JL. Profession and monopoly. Berkeley,
CA. University of California Press. 1975
52. Fielding A, Portwood D. Professions and the
state. Sociol Rev. 1980, 28: 23-53
53. Freidson E. Professional power. A study of
the institutionalization of formal knowledge.
Chicago, Il. The University of Chicago Press.
1986
54. González Salinas P. La colegiación
obligatoria es "requerimiento indispensable"
del ejercicio de la Medicina. DM. 16-X-2001. p.
10
55. Task Force on Competence. Description of the
competent physician. Evanston, IL. American Board
of Medical Specialties. 1999
56. General Medical Council. Tomorrow’s
doctors. 2ond. Edition London. GMC. 2002
57. Consell Català d’Especialitats
en Ciències de la Salut. Competències
de professions sanitàries. Barcelona. I.E.S.
Generalitat de Catalunya. 2002
58. Calman K. The profession of medicine. BMJ.
1994, 309: 1140-3
59. Lyotard J-F. La condition postmoderne. Paris.
Les Éditions du Minuit. 1979
60. Prigogine I. La fin des certitudes. Paris.
Éditions Odile Jacob. 1996
61. Popper K. Conjetures and refutations. London.
Routledge. 1962
62. Jaspers K. Ambiente espiritual de nuestro
tiempo. Barcelona. Labor. 1933
63. Sennett R. La corrosión del carácter.
Las consecuencias personales del trabajo en el
nuevo capitalismo. Barcelona. Anagrama. 2000
64. Polanyi M. The tacit dimension. London. Routledge
& Kegan Paul. 1967
65. Gergen KJ. El yo saturado. Dilemas de identidad
en el mundo contemporáneo. Barcelona. Paidós.
1992
66. Jameson F. El posmodernismo o la lógica
del modernismo avanzado. Barcelona. Paidós.
1995
67. Pérez Jiménes JC. Síndromes
modernos. Tendencias de la sociedad actual. Madrid.
Espasa-Calpe. 2002
68. Acarín N, Espasa R, Vergés J,
Campo M. La salud, exigencia popular. Barcelona.
Laia. 1976
69. Valtueña JA. Contra la medicina del
médico. Barcelona. Barral. 1976
70. Caro G. La médecine en question. Paris.
F. Maspero. 1969
71. Sournia JC. Ces malades qu’on fabrique.
La médecine gaspillée. Paris. Editions
du Seuil. 1977
72. Attali J. L’ordre canibal. Vie et mort
de la médecine. Paris. Editions Grasset
et Fasquelle. 1979
73. Berlinguer G. Medicina e politica. Bari. De
Donato. 1973
74. Harrison S, Pollitt C. Controlling health
professionals. Buckingham. Open University Press.
1994
75. Broadbent J, Dietrich M, Roberts J. The end
of professions ?. In: Broadbent J, Dietrich M,
Roberts J, eds. The end of professions. The restructuring
of professional work. London. Routledge. 1997.
1-13
76. Portwood D, Fielding A. Privilege and the
professions. Sociol Rev. 1981, 29: 749-33
77. Haug M, Lavin B. Consumerism in medicine:
Challenging physician authority. Beverly Hills,
CA. Sage. 1983
78. Eve R, Hodgkin P. Professionalism and medicine.
In: Broadbent J, Dietrich M, Roberts J, eds. The
end of professions ?. The restructuring of professional
work. London. Routledge. 1997. 69-85
79. Döhler M. Physicians’ professional
autonomy in the welfare state. In: Freddi G, Björkman
JW, eds. Controlling medical professionals. London.
Sage. 1989. 178-197
80. Pardell H. El médico como principal
agente económico del sistema de salud.
Hipertensión. 1996, 13: 313-4
81. Skrabanek P. The death of human medicine and
the rise of coercitive healthism. London. Social
Affairs Unit. 1994
82. Abrams FR. The doctor with two heads. The
patient versus the cost. NEJM. 1993, 328: 976-8
83. O’Brien R. The doctor-patient relationship.
In: Greenberg AM, Ray-mond SU, eds. Beyond the
crisis: preserving the capacity for excellence
in health care and medical sciences. New York,
NY. The New York Academy of Sciences. 1994. 22-26
84. Barber N. What constitutes good prescribing.
BMJ. 1995, 310: 923-5
85. Pardell H. ¿ Es el coste un criterio
de calidad de la prescripción terapeútica
?. Hipertensión. 1996, 13: 1-2
86. Ellul J. The technological society. New York,
NY. Vintage Books. 1964
87. Gehlen A. Man in the age of technology. New
Yor, NY. Columbia University Press. 1980
88. Attali J. Milenio. Barcelona. Seix y Barral.
1991
89. Strange S. The retreat of the state. Cambridge.
Cambridge University Press. 1996
90. Benezit M, Raak Y. Machines a soigner. Vers
une médecine a haute technologie. Paris.
Dunod. 1981
91. Lopata H. Expertization of everyone and the
revolt of the client. Social Quarterly. 1976,
17: 435-7
92. Haug MR. Computer technology and the obsolescence
of the concept of profession. In: Haug MR, Dofny
J, eds. Word and technology. Beverly Hills, CA.
Sage. 1977. 215-228
93. Majeed F, Voss S. Performance indicators for
General Practice. BMJ. 1995, 311: 209-10
94. Editorial. Medicina, ¿ una larga carrera
hacia el desempleo ?. Medicina. 2001, LXI (1398):
519
95. Tawney RH. The acquisitive society. London.
G. Bell & Sons Ltd. 1921
96. McKinley JB, Arches J. Toward the proletarianization
of physicians. Internat J Health Services. 1985,
15: 161-95
97. McKinley JB, Stoeckle JD. Corporatization
and the social transformation of doctoring. Internat
J Health Services. 1988, 18: 191-205
98. Navarro V. Professional dominance or proletarianization
?: Neither. The Milbank Quarterly. 1988, 66 (Suppl
2): 57-75
99. Emmons DW, Kletke PR. An examination of practice
size. Socioeco-nomic characteristics of medical
practide in 1997. Chicago, IL. Center for Health
Policy Research. 1997
100. Weber M. Economía y sociedad. México.
Fondo de Cultura Económica. 1944
101. Blau PM. Bureaucracy in modern society. New
York, NY. Random House. 1956
102. Hall RH. The concept of bureaucracy: An empirical
assessment. Am J Sociol. 1963, 69: 33-9
103. Merton RK. Teoría y estructura sociales.
México. Fondo de Cultura Económica.
1964
104. Bennis W. Beyond bureaucracy. San Francisco,
CA. Jossey-Bass. 1993
105. Starkey K, ed. How organizations learn. London.
ITP. 1996
106. Merton RK. Bureaucratic structure and personality.
Social Forces. 1940, 16: 560-8
107. Whyte WH jr. El hombre organización.
México. Fondo de Cultura Económica.
1961
108. Oppenheimer M. The proletarianization of
the profession. Sociol Rev Monograph. 1973, 2:
213-8
109. Fukuyama F. Trust. The social virtues and
the creation of prosperity. New York, NY. Free
Press. 1996
110. Pavalko RM. Sociology of occupations and
professions. Itasco, Il. F.E. Peacock Publishers,
Inc. 1971
111. Scott WR. Professionals in bureaucracies
- areas of conflict. In: Vollmer HM, Mills DL,
eds. Professionalization. Englewood Cliffs, NJ.
Prentice Hall. 1966. 265-275
112. Rorty T. Contingency, irony and solidarity.
Cambridge. Cambridge University Press. 1989
113. Weatherall DJ. The inhumanity of medicine.
BMJ. 1994, 309: 1671-2
114. Mechanic D. Public perceptions of medicine.
NEJM. 1985, 312: 181-3
115. Shock M. Medicine at the centre of the nation’s
affairs. BMJ. 1994, 309: 1730-3
116. Moran M, Wood B. States, regulation and the
medical profession. Buckingham. Open University
Press. 1993
117. Oriol-Bosch A. Crisis del profesionalismo
o la solución de la crisis. En: Opinión
Quiral. Sostenibilidad del sistema sanitario.
Barcelona. Fundación Privada Vila Casas.
2001. 57-70
118. McKnight J. The careless society. Community
and its counterfeits. New York, NY. Basic Books.
1995
119. Illich I. Medical nemesis. The expropiation
of health. London. Calder and Boyards. 1975
120. Navarro V. The industrialization of fetishism
and the fetishism of industrialization: A critique
of Ivan Illich. Soc Sci Med. 1975, 9: 351-63
121. Wachter RM. AIDS, activism, and the politics
of health. NEJM. 1992, 326: 128-33
122. Emke I. Medical authority and its discontents:
A case of organized non-compliance. Critical Sociol.
1993, 19: 57-80
123. Epstein S. Impure science. AIDS, activism,
and the politics of knowledge. Berkeley, CA. University
of California Press. 1996
124. Hoffman LM. The politics of knowledge. Activist
movements in medicine and planning. Albany, NY.
State University of New York Press. 1989
125. Liberati A. Consumer participation in research
and health care. BMJ. 1997, 315: 499
126. Sanderson H, Mountney L. The development
of patient groupings for more effective management
of health care. Eur J Pub Health. 1997, 7: 210-4
127. Rameckers E. Using health outcomes data to
inform decision-making. Patient perspective. Pharmacoeconomics.
2001, 19 (Suppl 2): 53-5
128. LeBuhn RA, Swankin DA. Measuring continuing
competence of health care practitioners: where
are we now — were are we aheah ?. Washington
DC. Citizen Advocacy Center. 2001
129. Hafferty FW, Light DW. Professional dynamics
and the changing nature of medical work. J Health
Soc Behv. 1995, extra issue: 132-53
130. Coburn D. State authority, medical dominance,
and trends in the regulation of the health professions:
The Ontario case. Soc Sci Med. 1993, 37: 129-38
131. Taylor MG. The role of medical profession
in the formulation and execution of public policy.
Can J Econ Polit Sci. 1960, 25: 108-27
132. Pereira D. Deprofessionalising doctors ?.
The independence of the British medical profession
is under unprecedent attack. BMJ. 2002, 324: 627-8
133. Go on, it’s good for you. The Economist.
August 87h, 1998. 57-58
134. Soutworth A. Generic pharmaceuticals. 1996
edition. Financial Times Management Report. London.
Pearson Professional Ltd. 1996
135. Declaración dela Comisión Central
de Deontología. Ética de la prescripción
y sustitución de medicamentos genéricos.
Boletin de la Organización Médica
Colegial. Abril 2000. 28
136. Mundinger MO, Kane RL, Lenz ER, Totten AM,
Tsai W-Y, Cleary PD, Friedewald WT, Siu AL, Shelanski
ML. Primary care outcomes in patients treated
by nurse practitioners or physicians. JAMA. 283,
2000: 59-68
137. Shum C, Humphreys A, Wheeler D, Cochrane
M-A, Skoda S, Clement S. Nurse management of patients
with minor illnesses in general practice: multicentre,
randomised controlled trial. BMJ. 2000, 320: 1038-43
138. Kinnersley P, Anderson E, Parry K, Clement
J, Archard L, Turton P, Stainthorpe A, Fraser
A, Butler CC, Rogers C. Randomised controlled
trial of nurse practitioner versus general practitioner
care for patients requesting "same day"
consultations in primary care. BMJ. 2000, 320:
1043-8
139. Venning P, Durie A, Roland M, Roberts C,
Leese B. Randomised controlled trial comparing
cost effectiveness of general practitioners and
nurse practitioners in primary care. BMJ. 2000,
320: 1048-53
140. Macarthur D. The growing influence of the
pharrmacists in Europe. Opportunities in a changing
market. Financial Times Management Report. London.
Pearson Professional Ltd. 1995
141. The pharmacists at the crossroads of new
health risks: an indispensable partner for their
management. Strasbourg. Council of Europe Publishing.
2000
142. Declaración de la Comisión
Central de Deontología. Límites
de las funciones profesionales de médicos
y farmaceúticos. Boletin de la Organización
Médica Colegial. Abril 2000. 26-7
143. Zola IK, Miller S. The erosion of medicine
from within. In: Freidson E, ed. The professions
and their prospects. Beverly Hills, CA. Sage.1973.
153-72
144. Burrage M, Jarausch K, Siegrist H. An actor
based framework for the study of professions.
In: Burrage M, Torstendahl R, eds. Professions
in theory and history: rethinking the study of
professions. London. Sage. 1990
145. Manresa JM. El médico de atención
primaria, el especialista, ¿ y el internista
?. Med Clin (Barc. ) 1995, 105: 374-6
146. Foz M, Pujol R, Erill S, Lloveras G, Martin
Zurro A, Massana Ll. Anàlisi comparativa
de les competències professionals entre
especialistes en medicina interna i en medicina
de familia i comunitària. Salut Catalunya.
1995, 9: 193-7
147. Anderson RJ. Subspecialization in internal
medicine: A historial review, an analysis, and
proposals for change. Am J Med. 1995, 99: 74-81
148. Dalen JE. US physicians manpower needs. Generalists
and specialists: Achieving the balance. Arch Intern
Med. 1996, 156: 21-4
149. Simó J, Gálvez J, Morote MV,
Palazón G. El médico de cabecera
o la búsqueda de la identidad perdida:
información para internistas y otros especialistas.
Med Clin (Barc). 1997, 109: 343-8
150. Jewell D. Supporting diversity in primary
care. BMJ. 1997, 314: 1706-7
151. Editorial. Specialists. Lancet. 1951, i:
25
152. Susser MW, Watson W. Sociology in medicine.
2nd. Edition. London. Oxford University Press.
1971
153. Alternative Medicine. Expanding medical horizons.
A report of the NIH on alternative medical systems
and practice in the United States. Bethesda, MD.
National Institutes of Health. 1994
154. Dalen JE. "Conventional" and "unconventional"
medicine.Can they be integrated ?. Arch Intern
Med. 1998, 158: 2179-81
155. Editorial. Complementary medicine: time for
critical engagement. Lancet. 2000, 356: 2023
156. Ernst E. The role of complementary and alternative
medicine. BMJ. 2000, 321: 1133-5
157. Owen DK, Lewith G, Stephens CR: Can doctors
respond to patients’ increasing interest
in complementary and alternative medicines ?.
BMJ. 2001, 322: 154-8
158. Kaptchuk TJ, Eisenberg DM. Varieties of healing.
I: medical pluralism in the United States. Ann
Intern Med. 2001, 135: 189-95
159. Documents de posició del COMB. Pràctiques
mèdiques alternatives i terapèutiques
complementàries. Servei d’Informació
Col.legial del COMB. Abril-Maig 2001. 19-20
160. McCarthy M. US panel calls for more support
of alternative medicine. Lancet. 2002, 359: 1213
161. Manian FA. Physicians vs.physicians. Arch
Intern Med. 2001, 161: 801-2
162. Pardell H. Formación médica
continuada, ¿individual o institucional?.
Med Clin (Barc). 2001, 116: 698-700
163. Fiol M, Cabadés A, Sala J, Marrugat
J, Elosua R, Vega G, Tormo MJ et al. Variabilidad
en el manejo hopitalario del infarto agudo de
miocardio en España. Estudio IBERICA (Investigación,
Búsqueda Específica y Registro de
Isquemia Coronaria Aguda). Rev Esp. Cardiol. 2001,
54: 443-52
164. Evans R. The dog in the night: medical practice
variations and health policy. In: Anderson T,
Mooney G, eds. The challenges of medical practice
variations. London. Macmillan. 1990. 117-152
165. Harrison S. Clinical autonomy and health
policy. Past and future. In: Exworthy M, Halford
S, eds. Professionals and the new managerianisme
in the public sector. Buckingham. Open University
Press. 1999. 50-64
166. Hopkins A, Solomon K. Can contracts drive
clinical care ?. BMJ. 1996, 313: 447-8
167. Pearson MG. How can the implementation of
guidelines be improved ?. Chest. 2000, 117 (Suppl):
38-41
168. Hafferty FW, McKinlay JB, eds. The changing
medical profession. An international perspective.
New York, NY. Oxford University Press. 1993
169. Marias J. Tratado de lo mejor: la moral y
las formas de vida. Madrid. Alianza. 1996
170. Haugh MR. Deprofesionalization: An alternate
hypothesis for the future. Sociol Rev Mon. 1973,
20: 195-211
171. Pardell H. Profesionalismo, formación
continuada y recertificación: una visión
desde la perspectiva médica. Gestión
y Evaluación de Costes Sanitarios. 2002,
3: 283-93
172. Farson R. Management of the absurd. Paradoxes
in leadership. New York, NY. Touchstone/Simon
& Schuster. 1996
173. Ferriman A. Poll shows public still has trust
in doctors. BMJ. 2001, 322: 694
174. Kmietowicz Z. R.E.S.P.E.C.T. — Why
doctors are still getting enough of it. BMJ. 2002,
324: 11
175. El pulso de la nación. Barcelona.
Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg.
1996
176. Ali NY, Lo TYS, Auvache VL, White PD. Bad
press for doctors: 21 years survey of three national
newspapers. BMJ. 2001, 323: 782-3
177. Carlin J. Lawyers in their own. New Burnswick,
NJ. Rutgers University Press. 1962
178. Mechanic D. The growth of bureaucratic medicine.
New York, NY. Wiley. 1976
179. Birchard K. Survey reveals extent of Irish
doctors’ dissatisfaction. Lancet. 2000,
356: 1585
180. Parmley WW. What is our contract with society
?. JACC. 2001, 38: 1226-7
181. Encuesta mundial de valores 2000. La Vanguardia.
13 Agosto 2002. 19-20
182. McManus IC, Winder BC, Gordon D. Are UK doctors
particularly stressed ?. Lancet. 1999, 354: 1358-9
183. Bruguera M. La opinión de los médicos
de Barcelona. En: Anónimo. La motivación
del médico: motor del sistema sanitario.
Barcelona. Fundación Pharmacia. 2002. 49-50
184. Leigh JP, Kravitz RL, Schembri M, Samuels
SJ, Mobley S. Physician career satisfaction across
specialties. Arch Intern Med. 2002, 162: 1577-84
185. Lent RW, Brown SD, Hackett G. Toward a unifying
social cognitive theory of career and academic
interest, choice and performance. J Vocat Behav.
1994, 45: 79-122
186. Hackett G. Self-efficacy in career choice
and development. In: Bandura A, ed. Self-efficacy
in changing societies. Cambridge. Cambridge University
Press. 1999. 232-258
187. Matsui T, Onglatco ML. Career self-efficacy
as a moderator ot the relation between occupational
stress and strain. J Vocat Behav. 1992, 41: 79-88
188. Bandura A. Sel-efficacy. The exercise of
control. New York, NY. WH Freeman & Comp.
1997
189. Hughes R. Culture of complaint. New York,
NY. Oxford University Press. 1993
190. Bruguera M. Buscando soluciones a la insatisfacción
de los médicos. JANO.1999, 56 (1298): 1868
191. Sierra G. Los retos de la profesión
médica en la era del conocimiento. En:
Anónimo. La motivación del médico:
motor del sistema sanitario. Barcelona. Fundación
Pharmacia. 2002. 25-31
192. Maslow AH. Motivation and personality. 3rd.
edition. New York, NY. Addison Wesley Longman,
Inc. 1987
193. Edwards N, Kornacki MJ, Silversin J. Unhappy
doctors: what are the causes and what can be done
?. BMJ. 2002, 324: 835-8
194. Pardell H. Sobre la recertificación
de los médicos en España. Med Clin
(Barc). 2000, 115: 261-3
195. Martin Zurro A. Evaluación de la formación
posgraduada, certificación y recertificación
de los médicos de familia en diferentes
países (Reino Unido, Estados Unidos, Canadá,
Holanda, Australia y España). Aten Primaria.
2002, 30: 46-56
196. Blay C, Descarrega R, Iruela A, Kronfly E,
Barragan N, Serrallach S. Evaluación de
la competencia profesional de los médicos.
Cuadernos de Gestión. 1997, 3: 68-75
197. Martínez Carretero JM, Blay C. Societats
científiques de l’ACMCB participen
en l’avaluació de la competència
clínica. L’Informatiu de l’ACMCB.
Novembre 2000. 8-9
198. Ruiz E, Florensa E, Cots JM, Sellarés
J, Iruela A, Blay C, Morera R, Martinez Carretero
JM. Primeras experiencias en evaluación
de la competencia clínica de los médicos
de familia en Catalunya. Aten Primaria. 2001,
28: 105-9
199. Pardell H, Ramos A, Bruguera M. Experiencias
pioneras de recertificación. En: Pardell
H, ed. Formación médica continuada
a debate. Barcelona. Ediciones Mayo, SA. 2001.
39-45
200. Cots JM, ed. Guía de formación
médica y competencia profesional en Atención
Primaria. Barcelona. semFYC. 2002
201. Henry III WA. In defense of elitism. New
York, NY. Doubleday. 1994
202. Marquand D. Professionals and politics. Toward
a new mentality. In: Broadbent J, Dietrich M,
Roberts J, eds. The end of professions ?. The
restructuring of professional work. London. Routledge.
1997. 140-147
203. Fox RC. Training for uncertainty. In: Merton
RK, Reader GC, Kendal PL. The student physician.
Cambridge, MA. Harvard University Press. 1957.
207-247
204. Brennan TA. The Institute of Medicine report
on medical errors — Could it do harm ?.
NEJM. 2000, 342: 1123-5
205. Alberti KGMM. Medical errors: a common problem.
Its is time to get serious about them. BMJ. 2001,
322: 501-2
206. Kohn LT, Corrigan JM, Donaldson MS, eds.
To err is human. Building a safer health system.
Washington, DC. Institute of Medicine /National
Academy Press. 1999
207. Leape LL. Error in medicine. JAMA. 1994,
272: 1851-67
208. Reason J. Human error: models and management.
BMJ. 2000, 320: 768-70
209. Helmreich RL. On error management: lessons
from avíation. BMJ. 2000, 320: 781-5
210. Bates DW, Gawande AA. Error in medicine:
What have we learned ?. Ann Intern Med. 2000,132:
763-7
211. Blumenthal D. Making medical errors into
"medical treasures". JAMA. 1994, 272:
1867-8
212. Vincent Ch. Risk, safety and the dark side
of quality. BMJ. 1997, 314: 1775-6
213. Rosenthal MM. The incompetent doctor. Behind
cloosed doors. Buckingham. Open University Press.
1995.
214. Scally G. Tackling deficient doctors. Mentoring
and appraisal may stave off calls for reaccreditation.
BMJ. 1997, 314: 1568
215. Scutchfield FD, Benjamin R. The role of the
medical profession in physicians discipline. JAMA.
1998, 279: 1915-6
216. Dewar S, Finlayson B. Dealing with poor clinical
performance: new proposals are ill throguh out
and more about politics than policy. BMJ. 2001,
322: 66
217. Stelling JG, Bucher R. Professional cloning:
the patterning of physicians. In: Shapiro EC,
Lowenstein LM, eds. Becoming a physician. Cambridge,
MA. Ballinger Publishing Co. 1979. 139-61
218. Crues SR, Crues RL. Professionalism must
be taught. BMJ. 1997, 315: 1674-7
219. Crues RL, Crues SR. Teaching medicine as
a profession in the service of healing. Acad Med.
1997, 72: 941-52
220. Hensel WA, Dickey NW. Teaching professionalism:
Passing the torch. Acad Med. 1998, 73: 865-70
221. Whitcomb ME. Fostering and evaluating professionalism
in medical education. Acad Med. 2002, 77: 473-4
222. Robins LS, Braddock CH, Fryer-Edwards KA.
Using the American Board of Internal Medicine’s
"Elements of professionalism" for undergraduate
ethics education. Acad Med. 2002, 77: 523-31
223. Cruess RL, Crues SR, Johnston SE. Professionalism:
an ideal to be sustained. Lancet. 2000, 356: 156-9
224. CMA Policy Index. The future of medicine.
CMAJ. 2000, 163: 757-8
225. Medical Professionalism Project. Medical
professionalism in the new millenium: a physicians’
charter. Lancet. 2002, 359: 520-22
226. Smith R. Medicine’s core values. BMJ.
1994, 309: 1247-8
227. Emmanuel EJ, Dubler NN . Preserving the physician-patient
relationship in the era of managed care. JAMA.
1995, 273: 323-9
228. Prather SE. The new health partners. Renewing
the leadership of physician practice. San Francisco,
CA. Jossey-Bass. 1999
229. Plseck PE, Greenhalgh T. The challenge of
complexity in health care. BMJ. 2001, 323: 6258
230. De Bono E. Parallel thinking. London. Penguin
Books. 1994
231. Whatmore J. Releasing creativity. London.
Kogan Page Ltd. 1999
232. Moyniham T. To much medicine ?. Almost certainly.
BMJ. 2002, 324: 859-60
233. Leibovici L, Lievre M. Medicalisation: peering
from inside medicine. BMJ. 2002, 324: 866
234. Harvard Business Review on Leadership. Boston,
MA. Harvard Business School Publishing Corporation.
1998
235. Lamm RD. Marginal medicine. JAMA. 1998, 280:
931-3
236. Lipovetsky G. El crepúsculo del deber.
La ética indolora de los nuevos tiempos
democráticos. Barcelona. Anagrama. 2002
237. Halpern SD, Karlawish JHT, Berlin JA. The
continuing unethical conduct of undeporwered clinical
trials. JAMA. 2002, 288: 358-62
238. Moyniham R, Heath I, Henry D. Selling sickness:
the pharmaceutical industry and disease mongering.
BMJ. 2002, 324: 886-91
239. del Llano J, Millán J. Ética
y gestión sanitaria. Med Clin (Barc), 2002,
118: 337-8
240. Aubia J. Dilemes étics i consentiment
informat. Barcelona. 2002 (inédito)
241. MacIntyre A. After virtue. Notre Dame, IN.
University of Notre Dame. 1984
242. Organ DW, Greene CN. The effects of formalization
on professional involvement: a compensatory process
approach. Adm Sci Quarterly. 1981, 26: 237-52
243. Feinstein AR. Clinical judgement. Huntington,
NY. RE Krieger Publishing Co. 1967
244. Weinstein MC, Fineberg HV. Clinical decision
analysis. Philadelphia, PA. WB Saunders Co. 1980
245. Pardell H, Marcillas J, Fuentes J. Criterios
de selección de un procedimiento diagnóstico.
Med Clin (Barc). 1983, 80: 53-8
246. Solomon RJ. Clinical practice management.
Gaithersburg, MD. Aspen Publishers, Inc. 1991
247. Marin I. ¿ Puede la gestión
sanitaria tener fundamento clínico ?. Med
Clin (Barc). 1995, 104: 381-6
248. Mallick R, Strosberg M, Lambrinos J, Groeger
JS. The intensive care unit medical director as
manager. Impact on performance. Med Care. 1995,
33: 611-24
249. Deal TE, Kennedy AA. Corporate cultures.
Reading, MA. Addison Wesley. 1982
250. Mintzberg H. La estructura de las organizaciones.
Barcelona. Ariel. 1984
251. Landau M. On the concept of self-correcting
organization. Pub Adm Rev. 1969, 29: 346-58
252. Marquard M, Reynolds A. Global learning organization.
Burr Ridge, Il. Richard D Irwing, Inc. 1994
253. Senge PM. The fifth discipline. The art &
practice of the learning organization. New York,
NY. Currency Doubleday. 1994
254. Pearn M, Roderick C, Mulrooney C. Learning
organizations in practice. London. McGraw-Hill
Book Co. 1997
255. Pinchot G & E. The end of bureaucracy
& the rise of intelligent organization. San
Francisco, CA. Berrett-Koehler. 1993
256. Brooking A. El capital intelectual. El principal
activo de las empresas del tercer milenio. Barcelona.
Paidós. 1997
257. Argyris C. Strategy, change and defensive
rutines. Boston, MA. MA Pitman. 1995
258. Agor WH. El comportamiento intuitivo en la
empresa. Barcelona. Paidós. 1991
259. Plseck PE, Wilson T. Complexity, leadership
and management in healthcare organizations. BMJ.
2001, 323: 746-9
260. Kanter RM. Beyond the cowboy and the corpocrat.
In: Starkey K, ed. How organizations learn. London.
ITP. 1996
261. Servicio de Responsabilidad Profesional del
COMB. Protocolos y guias de práctica clínica.
Vol. 3 de "Praxis Clínica y Responsabilidad".
Barcelona/Madrid. COMB/Diario Médico. 2002
262. Haycox A, Bagust A, Walley T. Clinical guidelines:
the hidden costs. BMJ. 1999, 318: 391-3
263. Pfeffer J, Sutton RI. The smart talk trap.In:
Harvard Business Review on Organizational Learning.
Boston, MA. Harvard Business School Publishing
Corporation. 2001, 21-44
264. Argyris C. Good communication that blocks
learning. In: Harvard Business Review on Organizational
Learning. Boston, MA. Harvard Business School
Publishing Corporation. 2001. 87-109
265. Page CH. Bureaucracy’s other face.
Social Forces. 1946, XXV: 88-94
266. Wenger EC, Snyder WM. Communities of practice.
The organizational frontier. In: Harvar Business
Review on Organizational Learning. Boston, MA.
Harvard Business School Publishing Corporation.
2001. 1-20
267. Smith R, Graham A, Chantler C. Doctors becoming
managers. BMJ. 1989, 298: 311
268. Hunter DJ. Doctors as managers: poachers
turned gamekeepers ?. Soc Sci Med. 1992, 35: 557-66
269. Disken S, Dixon M, Halpern S, Shocket G.
Models of clinical management. London. Institute
of Health Services. 1990
270. Dowie J, Elstein A, eds. Professional judgement:
A reader in clinical-decision making. Cambridge.
Cambridge University Press. 1988
271. Muir R. Peers and bureaucrats. London. Constable.
1910
272. Lugon M, Secker-Walker J, eds. Advancing
clinical gobernance. London. The Royal Society
of Medicine Press Ltd. 2001
273. Wanless D. Securing the future health. Taking
a long-term view. Final report. London. The Public
Inquiry Unit, HM Treasury. 2002
274. Argyris C. Integrating individual and the
organization. New Brunswick, NJ. Transaction Publishers.
2000
275. Pardell H, Bruguera M. ¿Formación
médica continuada o desarrollo profesional
continuo del médico?. Educación
Médica. 2002, 5: 90-5
276. Carnall D. Doctors and medical politics.
Why don’t they get involved ?. BMJ. 1995,
311: 1519-20
277. Morris I, Smith R. The future of medicine.
Brighter than you might think. BMJ. 1994, 309:
1099-100
278. Treasure T. Redefining leadership in health
care. Leadership is not the same as browbeating.
BMJ. 2001, 323: 1263-4
279. Stehr N. The fragility of modern societies.
Knowledge and risk in the information age. London.
Sage. 2001
280. Beck U, Beck-Gernsheim E. Individualization.
London. Sage. 2002
281.Fromm E. Escape from freedom. New York, NY.
Holt Rinehart & Winston. 1941
282. Crozier M. La societé bloquée.
Paris. Editions du Seuil. 1970
283. Shenk D. Data smog. Surviving the information
glut. New York, NY. Harper Collins Publishers.
1997
284.Postman N. Technopoly: The surrender of culture
to technology. New York, NY. Vintage Books. 1993
285. Shapiro AL. El mundo en un clic. Barcelona.
Grijalbo Mondadori. 2001
286. Giddens A. The consequences of modernity.
Cambridge. Polity Press. 1990
287. Morlans M. El nou paradigma professional:
entre l’autonomia i la responsabilitat.
Servei d’Informació Col.legial del
COMB. Novembre 2001-Gener 2002. 5-6
288. Johnson JN. Making self regulation credible.
Through benchmarking, peer review, appraisal and
management. BMJ. 1998, 316: 1847-8
289. Huntington J, Gillam S, Rosen R. Organisational
development for clinical governance. BMJ. 2000,
321: 679-82
290. McColl A, Roland M. Knowledge and information
for clinial governance. BMJ. 2000, 321: 871-4
291. Pardell H, Oriol-Bosch A, en nombre de la
Comisión Permanente del Consejo Catalán
de la Formación Médica Continuada.
Sobre la acreditación de la formación
médica continuada en España. Med
Clin (Barc) (en prensa)
292. de los Reyes M, Pérez JM, García
P, Borrell F, Gracia D, para el Proyecto de Bioética
para Clínicos del Instituto de Bioética
de la Fundación de Ciencias de la Salud.
Relaciones entre profesionales sanitarios. Med
Clin (Barc). 2001, 117: 339-50
293.Grabham T. Divided we fall (yet again).The
medical profession’s need to speak with
one voice. BMJ. 1994, 309: 1100-1
294. Choudhry S, Brennan TA. Collective bargaining
by physicians. Labor law, antitrust law, and organized
medicine. NEJM. 2001, 345: 1141-4
295. American College of Physicians-American Society
of Internal Medicine. Physicians and joint negotiation.
Ann Intern Med. 2001, 134: 787-92
296. Hsia DC. Can joint negotiation restore physicians’
professional autonomy ?. Ann Intern Med. 2001,
134: 780-2
297. Johnson T. Governamentality and the institutionalization
of expertise. In: Johnson T, Larkin G, Saks M,
eds. Health professions and the state in Europe.
London. Routledge. 1995. 258-279
298. Björkman JW.Politicizing medicine and
medicalizing politics. In: Freddi G, Björkman
JW, eds. Controlling medical professionals. The
comparative politics of health governance. London.
Sage. 1989. 28-73
299. Salter B. The politics of change in the health
service. London. Macmillan Press Ltd. 1998
300. Bennis W, Mische M. The 21st. Century organization.
San Diego, CA. Pfeiffer & Comp. 1995
301. Björkman JW. Professionalism in the
welfare state: sociological saviour or political
pariah ?. Eur J Polit Res. 1982, 10: 407-28
302. Emanuel LL, for the Working Group on Accountability.
A professional response to demands for accountability:
Practical recommendations regarding ethical aspects
of patient care. Ann Intern Med. 1996, 124: 240-9
303. Bloche MG. Clinical loyalties and the social
purposes of medicine. JAMA. 1999, 281: 268-74
304. Daniels N. Accountability for reasonableness:
establishing a fair process for priority setting
in easier than agreeing on principles. BMJ. 2000,
321: 1300-1
305. Pearson SD. Caring and cost: The challenge
for physiciand advocacy. Ann Intern Med. 2000,
133: 148-53
306. Shortell SM, Clarke KWB. Physicians as double
agents. Maintaining trust in an era of multiple
accountabilities. JAMA. 1998, 280: 1102-8
307. General Medical Council. Seeking patients’
consent: the ethical considerations. London. G.M.C.
1998
308. Irvine D. The performance of doctors. I:
Professionalism and self regulation in a changing
world. BMJ. 1997, 314: 1540-2
309. Annas GJ. Patients’ rights in managed
care - exit, voice and choice. NEJM. 1997, 337:
210-5
310. Cruess SR, Cruess RL. Professionalism: a
contract between medicine and society. CMAJ. 2000,
162: 668-9
311. Aubia J. El rol i les responsabilitats del
metge en les organitzacions assistencials. Ponencia
a la jornada “El futur de la professió
mèdica: un repte per als professionals”.
Servei d’Informació Col.legial del
COMB. Juny-agost 2001. 7-9/Setembre-octubre 2001.
7-8
312. Wuthnow R, ed. Between states and markets:
The voluntary sector in comparative perspective.
Princeton, NJ. Princeton University Press. 1991
|