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VOL
27 - Nº2
Los
Primeros Años de Docencia en el Hospital
Privado
Conmemoración de los 45 años
de Dpto. de Docencia e Investigación. Hospital
Privado SA
Se trata pues, de recordar. No se debe dar malos
usos al recuerdo. No debe agotarse en una nostálgica
contemplación de tiempos idos pero tampoco
utilizarse para exacerbar rencores, o para justificar
venganzas como ocurre hoy en día con lamentable
frecuencia.
El recuerdo
es la única herramienta que permite al
hombre incurrir en la osadía de modelar
el futuro, tarea ardua si las hay, pocas veces
exitosa, pero ineludible. De otro modo estará
condenado a repetir inacabablemente lo que ya
pasó. Cabe añadir que fracasará
en tal intento todo recuerdo que no sea agudamente
crítico, y sobre todo, honesto.
No se puede evocar el pasado de las residencias
sin pensar en el del Hospital, ni disociar ambos
de lo que sucedía en el país. Lamentablemente
muchos ignoran, pretenden ignorar, o distorsionan
lo ocurrido en la Argentina durante los últimos
ochenta años.
Entre 1930 y
1943 imperó el fraude, que impidió
a la ciudadanía argentina ejercer sus derechos.
La inevitable reacción tomó la forma
de un golpe militar, de ideología fascista.
Pocos meses después, 151 hombres valientes,
representantes de lo mejor de la intelectualidad
argentina, firmaron un manifiesto en el que pedían
libertad de reunión y de prensa, el retorno
a la democracia y el pleno imperio de la Constitución.
Por este delito
de opinión, fueron ignominiosamente expulsados
de sus cátedras y de todo otro cargo o
función de gobierno. Entre los cordobeses
que corrieron tal suerte había algunos
médicos. Hubieron podido refugiarse en
sus consultorios, en sus clínicas y esperar
a que pasara el temporal. Pero algunos de ellos
tuvieron el coraje de soñar sueños
imposibles.
Eligieron crear prácticamente de la nada,
algo inédito en nuestro medio: Una Institución
donde se practicara medicina con criterios de
excelencia, donde se ejerciera tanto la sacra
vocación de enseñar en libertad,
como la pulsión de investigar. En una palabra,
soñaron con un Hospital moderno.
Contrariando
todo pronóstico sensato, la gesta tuvo
éxito. En 1948 se reunió una Asamblea
Constitutiva, presidida por Severo Amuchástegui,
con la presencia de 89 profesionales. Tras 9 años
de esfuerzos sobrehumanos, el Hospital abrió
sus puertas el 30 de Septiembre de 1957. Abrieron
sus puertas el Hospital asistencial y el Hospital
docente, al unísono. No podía ser
de otra manera por pensar como pensaban, y sentir
como sentían los que lo fundaron.
La docencia
fue inicialmente informal, ya que se incorporaron
a la institución profesionales de diversos
antecedentes y en diferentes etapas de su aprendizaje.
Desde el principio existieron los médicos
internos, de funciones y responsabilidades parecidas
a los que hoy llevan el mismo nombre. Otros trabajaban
y aprendían sin rótulo alguno. El
Hospital docente, verdadera academia en el sentido
platónico del término, albergó
a todos y dio a cada uno lo mejor de sí.
En aquellos
años tempranos bebieron de esta fuente
varios que luego brillaron con luz propia: Federico
Garzón Maceda, Genaro Palmieri, Eduardo
Wyse, Hugo Palmero, José Luis Campra, Rolando
Maldonado, Ricardo Catini, Jorge Mercado Luna,
Enrique Caeiro, y Carlos Beltrán. Puede
haber habido otros, por cuya omisión me
disculpo.
Desde el principio
se advirtió la necesidad de dotar a la
docencia y a la investigación de una estructura
coherente y de la imprescindible financiación.
Con tal fin se creó la Fundación
para el Progreso de la Medicina en 1961. La enseñanza
de las cuatro grandes especialidades, por el sistema
de residencias, se instituyó formalmente
en 1965 bajo la tutela de Ricardo Catini, cuya
exitosa gestión le proporcionó los
sólidos cimientos sobre los que se ha mantenido
erguida desde entonces. Es oportuno mencionar
aquí que el Hospital fue la primera Institución
privada del país en contar con residencias
en Medicina Interna, Cirugía, Tocoginecología
y Pediatría, situación de privilegio
que mantuvo durante bastantes años.
Llegué
al Hospital en 1968, y encontré un peculiar,
estimulante, y a veces sorprendente equipo de
residentes: Humberto Flores y Manuel Goyanes en
Cirugía General. Emilio Palazzo y Julio
Busaniche en Medicina Interna. Fernando García
Montaño y Noemí Cárcar en
Tocoginecología. Pedro Moya y Ernesto Díaz
Moyano en Pediatría.
¡Qué
conjunto!
Como es fácil
imaginar, el concepto anglosajón de disciplina
les era por completo ajeno, lo que era más
que compensado por su avidez de aprender. Tan
pronto percibieron que un mínimo de orden
era condición indispensable para la transferencia
de conocimientos y para la adquisición
de experiencias, todo marchó sobre ruedas,
con algún reventón ocasional pero
sin ningún accidente mayor.
Los Instructores
de Residentes o Monitores de Docencia eran María
Rosa Helman, Eduardo de Arteaga, Carlos Beltrán,
y Don Agustín, quien me transfirió
esta responsabilidad. Entre todos formamos la
Comisión de Docencia, que no sufrió
modificaciones durante muchos años.
Un lugar vital
en la estructura docente estaba ocupado por Oscar
Mangini, patólogo contratado por la Fundación,
quien renovó el Servicio de Anatomía
Patológica. El Hospital era entonces la
única Institución privada del país
donde se practicaban autopsias minuciosas que
proporcionaban material para admirables reuniones
anatomoclínicas que tenían lugar
todas las semanas.
Era bien sabido
entonces que la introducción de residencias
médicas en instituciones que nacieron sin
ellas, con frecuencia generaba resistencias, que
ocasionalmente las llevaron al fracaso. El Hospital
no constituyó una excepción, pero
la oposición fue de poca monta, y muy pronto
los residentes fueron aceptados como parte imprescindible
de la estructura asistencial.
Fue sorprendente
y gratificante a la vez, la espontaneidad y la
buena voluntad con que se fueron sumando a la
docencia la mayoría de los que tuvieron
la oportunidad de hacerlo. Demasiado numerosos
para ser evocados hoy, les sigo estando profundamente
agradecido por su desinteresada colaboración.
Para situar
a esta audiencia en el contexto histórico,
les diré que vivíamos todavía
los años de la inocencia. El sistema de
mutuales y obras sociales estaba en pañales
y no osaba decirnos cómo practicar nuestro
arte. En el manejo de nuestro plan de atención
médica prepaga, se prestaba más
atención al cuidado del paciente que a
las finanzas del sistema. La violencia alimentada
por ideologías ya estaba presente, pero
todavía era ignorada o minimizada por la
mayoría. Y aunque ustedes no lo crean,
la industria farmacéutica todavía
no se había adueñado de la Medicina.
Lo esencial
de la enseñanza consistía en un
pausado discurrir peripatético por consultorios,
internado, quirófanos y biblioteca. Había
urgencias y emergencias, por cierto, pero todavía
no se percibía la tiranía de una
desmedida carga asistencial ni la angustia por
el tiempo que no alcanza.
El ambiente
parecía serio y mesurado, pero el espíritu
festivo de la estudiantina estaba a flor de piel,
y no solo entre los residentes. Se sucedieron
así episodios memorables, muchas veces
hilarantes, otras exasperantes pero que casi medio
siglo después, a la luz de la nostalgia,
pueden ser percibidos con cierta ecuanimidad.
Tales episodios debieran ser recopilados en un
anecdotario antes de que los memoriosos partan,
registro que debiera ser permanentemente actualizado
con el aporte de las maldades y genialidades de
las nuevas generaciones de residentes.
Propongo formalmente
al Departamento de Docencia que se designe con
tal fin una Comisión de la Memoria, constituida
por Eduardo Noguera, Ernesto Díaz Moyano,
Miguel Fernández Vocos, y el Negro Castro,
bajo la presidencia de Emilio Palazzo, quien asumirá
la responsabilidad de minimizar desmadres en el
seno de la misma.
No puedo dejar
de recordar el rito anual de los concursos. El
Tribunal fue el mismo durante muchos años:
Calixto Núñez, Don Agustín,
Cachilo Pérez y Eduardo de Arteaga. Frente
a ellos transpiraron muchos que eventualmente
llegaron a regir los destinos de la Institución.
No podían sospechar estas víctimas
que, en los intervalos entre sesudas deliberaciones,
los miembros del Tribunal se divertían
como adolescentes, en un inacabable ir y venir
de anécdotas chispeantes y ocasionalmente
irreverentes.
Contando con
tan magnífica estructura no fue difícil
obtener para el Programa Docente la aprobación
del Consejo Nacional de Residencias Médicas,
y del Consejo de Residencias para la Salud de
Córdoba. El éxito de las primeras
cuatro residencias y el aval de los organismos
oficiales despertó el interés de
otros Servicios que se sumaron al sistema. Se
incrementó así su número,
de manera casi explosiva, en pocos años.
Recuerdo una
sola frustración: Alrededor de 1970 propuse
al Directorio la asociación de nuestro
Programa Docente con una de las dos Facultades
de Medicina, de modo que el Hospital se convirtiera
en parte de una Escuela Universitaria de Graduados.
La idea no prosperó y se debió esperar
varios lustros para que madurara y se instrumentara
algo parecido.
Asumo la responsabilidad
por algunos proyectos que fracasaron por mi escasa
vocación por los conflictos. Creo que la
mayor falencia fue no haber enseñado los
rudimentos de las ciencias básicas y no
haber impuesto la obligación de llevar
a cabo, durante la residencia, un proyecto de
investigación serio, que permitiera a los
educandos familiarizarse con el método
científico, desarrollar un espíritu
crítico, y eventualmente aspirar al doctorado.
Alrededor de
1985, el programa de educación de graduados
había adquirido una inercia propia y prosperaba
sin requerir demasiada atención. Como casi
siempre ocurre cuando el responsable de un proyecto
se eterniza en el cargo, el sistema perdió
creatividad y se anquilosó. Cuando alguien
tuvo la buena idea de cambiar al jefe, es decir
a mi persona, tuvo lugar un bienvenido proceso
de renovación, cuyo resultado es la espléndida
realidad actual.
Del análisis
de aquellos años se podrían derivar
algunas enseñanzas, de las que seleccionaré
solamente una. Cuando oigan ustedes hablar de
un proyecto irrealizable, quijotesco, descabellado,
les pido que piensen que éstos suelen ser
epítetos que los sensatos y los cuerdos
propinan a los románticos, a los poetas,
a los poseídos por la sacra obsesión
de mejorar el mundo. Al fin y al cabo de un proyecto
así surgieron el Hospital y la Docencia
que nos convoca hoy.
Dr. Alberto
Achaval Giraud.
Ex Jefe Departamento de Docencia. Hospital Privado
S.A - CMC
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